Algunas noches suelo extrañarte.
Entre velos y caminos cortos que no llevan a ninguna parte me voy yendo con la cabeza baja y la mirada perdida.
Me aferro a una leve sombra de recuerdos incompletos, ya viciados de posibles conversaciones que nunca se dieron.
Tu rostro desgastado por los años que llevo trayéndote a mi lado, entre cielos e infiernos consumados por la nostalgia de un ayer que no fue y no será, como los amores eternos que duran tan poco…
Esos que se acobardan mientras van a un pozo sin fondo, con la cola entre las patas.
No hay dioses ni demonios que nos favorezcan, solo el eco que retumba en mi cabeza, un amor inexistente y aún así me sostiene en los días más fríos de este invierno.
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