—Quiero decirte algo que me contó Maruca.
—Soy todo oídos, Rogelio.
—Pasó hace muchos años, en un pueblito muy aislado de un país posible. Resulta que un médico llegó allí por casualidad y se hizo famoso recetando lo mismo a todos y para todo. Por supuesto, yo lo confirmé. Según el médico, todos los pacientes que lo consultaban tenían la misma enfermedad.
Me dijo que, en una ocasión, se presentó en su consultorio un grupo tan grande de personas que sintió miedo y pensó que se trataba de una turba que quería hacerle daño. Todos querían entrar y hablar a la vez. Así lo hicieron. Él quedó sordo y mudo durante un largo rato. Ellos, sin más, se fueron alejando uno a uno, sin decir nada, como si no se hubiesen presentado allí de manera consciente ni con propósito alguno.
Esto, al principio, me estaba volviendo loco, me aseguró. Y yo, queriendo entenderlo y movido por la curiosidad, le pregunté:
—¿Cuántos años vivió usted en ese pueblito?
La respuesta que me dio todavía resuena en mi cabeza, porque no le encuentro pies ni cabeza.
—Siéndole sincero, no sé cuándo llegué ni cuándo salí. Es más, creo que todavía estoy allí.
—Pero, Rogelio, ¿en verdad esa historia ocurrió?
—¿Cuál historia?
—Yo no he abierto la boca.
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