Dulce es el sueño del trabajador, sea que coma poco o mucho, pero la abundancia del rico no lo deja dormir. (Eclesiastés 5:12)
Me senté en la banca de hormigón, frente al monumento a la Robolución —así le llamaban de antaño— sobre Gómez Farías para esperar a mi hermano. Él estaba en el Hospital de la Luz, vino desde el estado de Chiapas para que lo trataran, pues las retinas de sus ojos estaban a punto de desprenderse.
Yo no quería estar afuera del hospital, pues no me dejaron entrar con él, tampoco quería parecer estar solo y desamparado, aunque así lo fuera. Además, estaba cansado por el desvelo de la noche anterior y por levantarme temprano para recogerlo en el aeropuerto y me imaginé sentado en la banqueta y con la barbilla recargada en el pecho profundamente dormido. Por ello busqué otro lugar y encontré bancas cerca del Monumento a la Robolución. Por lo menos allí sobre Gómez Farías no olía a orines, pero en una banca más cercana al monumento había una cagada de humano, incluso dejaron allí el papel con el que se limpiaron. ¡Ah! Desde el confinamiento por la pandemia no había pasado tanto tiempo en la ciudad al aire libre, tomé mi teléfono y le envié mi ubicación a mi hermano.
En la calle unos hombres discutían con policías, se resistían a que sus motocicletas fueran llevadas al corralón. Frente a ellos una mujer, con migajas de pan, alimentaba a los cuervos, que en realidad son sanates, pero aquí en la capital creen que son lo mismo.
Me levanté para no dormirme y quise tomar una foto del monumento con mi teléfono, del fallido palacio de gobernación que encargó Díaz a Émile Bénard y que después fue un fallido mausoleo, me lamenté de no tener una cámara porque las de los teléfonos todas son malas, aun así me animé, pero los posmodernos puestos de ambulantes y las vallas azules antimotines grafitadas afeaban terriblemente la vista, así que desistí y volví a sentarme. ¿Qué habría hecho Sebastião Salgado? Era la oportunidad de mostrar un mundo caótico, el declive de una sociedad en composición de cuatro cuartos. Salgado Quizás hubiera usado un lente de 35, yo utilizaría el angular de 8 MP de mi teléfono chino. Me levanté nuevamente, disparé algunas tomas, pero la cámara era tan mala que deformaba incluso el paralelaje, además todo estaba fuera de foco, así que decidí renunciar.
Los inconformes que se negaban a que sus motos fueran remitidas se retiraron y la policía seguía dando vueltas para incautar más vehículos. Los obreros salieron de sus trabajos y empezaron a llenar las bancas para comer, pensé que sacarían distintos guisos, tortillas, frijoles y arroz y que intercambiarían tacos entre ellos, pero la mayoría comió solo una raquítica torta y otros solo llevaban una pequeña vianda. No cabe duda que las cosas ya no son como antes.
Empecé a pensar en las viandas y mi menté pasó hacia las hojas de los libros que son pegadas con un pegamento especial para que no se deshojen… Mi cuerpo dio un sobresalto, allí me di cuenta que mi parpadeo solo fue de ida, ya me estaba quedando dormido y comenzaba a soñar con libros.
Un indigente se acercó y me pidió una moneda. Metí mi mano al bolsillo del pantalón, saqué la moneda y la puse en su mano. El indigente agradecido me dijo que no le iba a decir a nadie que había visto a Richard Gere en el parque, sonreí entendiendo que era un cumplido, pues en nada me parezco, bueno solo en las canas abundantes.
Comenzó a hacer frío y los pequeños bares y restaurantes se llenaron de oficinistas, “Godínez” les llaman acá; y aunque algunos los creen inferiores, pues dicen: “esa música es de Godínez”, refiriéndose a la música que les parece pedestre; y los que escriben la referida música pegan el grito en el cielo porque es demasiado elevada para ellos; yo no los discrimino, es más, en estos momentos quisiera ser uno de ellos, no beber como uno de ellos, pero sí por lo menos tener su empleo.
Otro indigente se me acercó y con todo respeto me explicó que no tenía casa ni qué comer, nuevamente saqué una moneda y se la di porque entendía perfectamente su situación. Tomé mi dispositivo, pues recordé que hay en internet una página de escritores y obras, quise leer a James Joyce para pasar el tiempo y combatir el sueño, pero me topé con “La noche boca arriba” de Cortazar. Hacía mucho que lo había leído y decidí volver a hacerlo, pero cuando llegué a la parte donde el motociclista chocó por esquivar a la mujer, mis ojos parpadearon nuevamente solo de ida. Así que decidí levantarme e ir a tomar un café, para aligerar mi espera y combatir el frío, sé que por aquí la gente no compra su café en tiendas de conveniencia y prefiere dejarse engañar por el melifluo canto de la sirena. Caminé hasta el Seven, sin miedo de parecer estar “out” entré, creo que ya no lo dicen así, y me serví un americano, con cuatro de crema y dos de azúcar. Al dirigirme a la caja para pagar, no sé si fue el movimiento del suelo o el estruendo ensordecedor lo que me hizo saltar y derramar parte del café caliente sobre el chamorro del penúltimo de la fila que gritó por la quemada, volteó a verme con ojos de odio, si sus ojos hubieran sido cuchillos habría muerto en aquel momento, pero solo me insultó una vez y desorientado salió corriendo para ver lo sucedido. Todos los que estaban en la tienda también salieron, algunos apresurados y otros con profundo temor. Yo también salí, lo confieso, sin pagar.
Fue un momento horrible, había muchas personas en el lugar, lo supe no por verlos, sino porque había un ruido como de una gran corriente de agua que arrastraba gritos, lamentos y llantos mezclados con sonidos de motores, sin embargo, no pude ver más que una densa nube de humo grisáceo que cubría todo. Personas llamaban a amigos y familiares por sus nombres a todo pulmón. Otros llamaban a la calma y pedían no moverse, pero los más osados decidieron, sin importar el peligro, adentrarse en la nata de humo. Yo intenté llamar a mi hermano, pero en el teléfono no pude entender los números. —¿Qué habrá pasado? — Me pregunté y pensé que quizás un camión sin frenos y a exceso de velocidad había chocado, pero por esa calle no pasan camiones. Quizás pusieron una bomba, con la delincuencia organizada que domina muchos estados del país ya no se sabe. Mi corazón empezó a latir velozmente, mis piernas y brazos se aflojaron, mi vista se nubló, un zumbido ronco se apoderó de mis oídos y la sangre se me heló cuando mi nariz detectó el olor del mercaptano que le ponen al gas. Entonces corrí lo más rápido posible detrás de un anaquel al escuchar el tropel despavorido y los gritos de: ¡Huele a…! Una ráfaga de viento me empujó con tal fuerza que me azotó contra la pared y todo se volvió oscuro.
Desperté aturdido, el zumbido ronco de mis oídos ahora era muy agudo y persistente, de mi frente cayó un hilo de sangre y sobre mi cuerpo había pedazos de vidrio, botellas de agua y trozos de plafón. Por suerte el anaquel no me cayó encima. Intenté moverme, pero me dolía mucho el cuello, lo quise palpar y me di cuenta que aún agarraba el vaso de cartón en que me serví café, no vi sangre ni incrustaciones en mi cuerpo y quise quedarme en el suelo, no obstante, mi instinto de supervivencia me impulsó a pararme y como pude lo hice. Con el antebrazo apreté la manga de mi chamarra contra la frente, pero mi sangre ya no corría, al parecer la herida de mi frente era solo superficial.
Algunas personas habían alcanzado a entrar a la tienda y se protegieron de la explosión, pero estaban tirados en el piso. Un hombre maduro con trabajos se levantó y me ayudó a verlos, por suerte no hubo muertos allí adentro.
Tomé mi teléfono, estaba intacto, e intenté marcarle a mi hermano, pero nuevanente no pude entender los números del teclado. Errante salí a buscar ayuda, la impresión hizo que por un momento me olvidara del dolor. Todo era un desastre de escombros, cuerpos y heridos. Quise salir huyendo y sentí como un líquido frío abría un surco en el polvo de mi mejilla izquierda, pensé que era la sangre de mi frente, pero no fue así, pues pasé mi mano por el rostro y estaba seco. Caminé sin detenerme, lo más rápido que pude, en el lugar donde antes me había sentado, en la banca de Gómez Farías, había un cráter, escombros, trozos blancos de metal y fuego. Alcé la vista y dos de los edificios estaban partidos, como si les hubieran arrancado la fachada. Mi vista se nubló y quise vomitar; en ese momento la angustia me asaltó, pues mi hermano estaba en el hospital. Esquivé escombros y me abrí paso como pude entre las muchas personas que ya acudían al lugar del suceso, algunos me preguntaban si estaba bien, yo asentí con la cabeza y no me detuve hasta llegar al hospital. No podía ayudar a los heridos que dejaba atrás, no, no podía, lo mejor era pedir ayuda a quienes sí podían, eso pensaba para calmarme, para justificar mi cobardía y deshumanización, pues pensaba con egoísmo primero en mí y en mi hermano, en que estuviéramos a salvo, sin tomar en cuenta el dolor y la situación de los demás, pero creo que todos somos así.
El hospital estaba en calma total, pero lo extraño es que ya no era como yo lo recordaba. Vi a mi hermano salir muy tranquilamente y me Dijo: Vidar. Entonces sentí resbalar varias gotas frías en mi rostro y un golpe en mi hombro. Abrí los ojos y alcé la cabeza, estaba sentado en la banca frente al monumento a la Revolución, mi hermano me golpeaba el hombro y decía: Vidar despierta, ya vámonos o nos mojaremos. Algunas pequeñas gotas de lluvia comenzaban a caer y mi teléfono había desaparecido.
OPINIONES Y COMENTARIOS