LO QUE ESCRIBÍ ALGUNA VEZ MIENTRAS SUCEDÍAMOS

LO QUE ESCRIBÍ ALGUNA VEZ MIENTRAS SUCEDÍAMOS

LO QUE ESCRIBÍ ALGUNA VEZ MIENTRAS SUCEDÍAMOS

La sala de espera
El lugar donde te pienso
Una palabra de amor aprendiendo a no dar miedo
No es mérito, sino insistencia
Los sueños derrotados

Hoy no te llevás únicamente estos poemas. Te llevás la posibilidad de conocer cómo fuiste habitando mis pensamientos, cómo un beso se convirtió en literatura y cómo, sin proponértelo, terminaste ocupando algunas páginas de mi vida.

No me llevo los planes, ni las fechas, ni lo que no llegó a pasar.

Me llevo la certeza de haber sentido, de haber temblado, de haber mirado de frente a mi propia memoria sin volverme piedra.

No me llevo lo que fuimos, porque nunca necesité apropiarme de nuestra historia.

Me llevo la certeza de haber sentido. Te dejo las palabras, porque son lo único que pude hacer eterno de aquello que no estaba destinado a permanecer.

Y no creas que fue sencillo encontrarles un final.

Una puede escribir cientos de páginas sobre las despedidas y, sin embargo, quedarse sin palabras cuando llega la propia.

Durante mucho tiempo pensé que las historias necesitaban un desenlace para justificar su existencia. Que todo encuentro debía conducirnos hacia algún lugar, que cada beso escondía una promesa y que las promesas, tarde o temprano, reclamaban su cumplimiento.

Hoy pienso diferente.

Hay personas que llegan sin anunciarse, desordenan nuestros calendarios, se sientan cómodamente entre nuestras certezas y, cuando queremos darnos cuenta, ya les hemos reservado un rincón de la memoria.

Vos llegaste así.

Con tus bromas, tus historias, tu manera de mirar y aquella capacidad inesperada de dejarme en silencio. A mí, que tantas veces encuentro palabras hasta donde nadie las busca.

Y mirá qué ironía: terminé escribiéndote poemas para explicarte aquello que nunca conseguí decirte con la misma claridad cuando te tenía cerca.

No sé si alguna vez comprendiste cuánto significaron para mí determinados instantes. Tampoco necesito que los recuerdes de la misma manera.

Cada uno conserva una versión distinta de lo vivido.

La mía tiene hojas, tinta, algunas preguntas sin respuesta y un beso que todavía sabe encontrar su lugar entre las palabras.

No voy a pedirle al tiempo que nos devuelva nada.

Ni voy a convertir lo que pudo haber sido en una deuda que alguno de los dos deba pagar.

Porque el cariño no debería convertirse en una obligación, ni la ternura en una espera interminable.

Y aunque hubo momentos en que hubiera querido detener los relojes, hoy prefiero dejarlos avanzar.

Hay algo profundamente liberador en comprender que una historia puede haber sido importante sin tener que continuar.

Que podemos agradecer sin permanecer. Que podemos recordar sin regresar. Que podemos querer sin convertir ese sentimiento en una condena.

Quizás estos poemas sean mi manera más delicada de cerrar la puerta. No para negar que alguna vez estuvo abierta, sino para dejar de vivir esperando del otro lado.

Quiero que los tengas porque nacieron mientras sucedíamos. Porque hubo una mujer que, entre expedientes, responsabilidades, libros, recuerdos y alguna que otra torpeza del corazón, encontró tiempo para pensarte.

Y porque esa mujer, incluso cuando tuvo miedo, siguió escribiendo. No sé qué harás con estas páginas.Tal vez las guardes, tal vez las releas alguna tarde o quizás algún verso te arranque una sonrisa.

Me gusta imaginar que, si alguna vez volvés a La sala de espera, recordarás que hubo una tarde en la que dos personas se miraron sin sospechar todo lo que podía caber dentro de un beso.

Yo voy a continuar escribiendo. No porque haya dejado de sentir, sino porque todavía tengo mucho por vivir.

Y esta vez, cuando cierre el cuaderno, no voy a quedarme esperando que alguien escriba la página siguiente.

Gracias por haber sido parte de mis palabras.

No te dejo una promesa. Te dejo cinco poemas y la libertad de recordarnos como quieras.

Yo, por mi parte, elijo quedarme con la belleza de lo que existió, sin seguir buscando un futuro para aquello que ya encontró su lugar en mi memoria.

Y si alguna vez te preguntás qué fue de aquella mujer que convirtió un beso en literatura, espero que imagines lo más sencillo:

Que siguió caminando, con sus rulos desordenados, sus libros, sus canciones y esa incorregible costumbre de mirar hacia arriba.

Que no perdió la ternura. Que no se volvió piedra.

Y que, finalmente, aprendió que también se puede escribir una despedida sin dejar de amar la vida.

LA SALA DE ESPERA; AQUEL BESO SIGNIFICÓ UN ANTES Y UN DESPUÉS.

Cuando entran a la oficina, arrolla el silencio, hay huecos del pasado y el sol se oculta por la línea del horizonte.

Recuerdo claramente, que un día lo vi llegar y juro por lo que los demás llaman Dios, que no pensé en nada de esto, pero vi el borde de sus ojos, y sus labios insatisfechos.

Ambos estábamos en la búsqueda absurda de la felicidad y sus verdades, en lugares y personas equivocadas.

No hay relojes aquí, te escribo y aquí estoy.

Y un día de abril, no era un día especial ni un momento excepcional. Pero nos miramos.

Nos miramos y bastó un segundo.

Sujetamos con fuerza nuestro cierre, y el abrazo al que no le dimos tiempo, igual sucedió después.

Aquella tarde ambos nos aventuramos a entrar con la esperanza de tener una mejor suerte.

Pero la historia continuó, no quería escribir poesía, pero lo hice.

Y acá ocurre, lo que sucede con todo final, es que también puede llegar a ser un

principio.

Aquel beso, fue como un fuego devorador, y como una caricia que manipula el alma evadida

del cuerpo.

Disolventes folios, voy exponiendo un sendero, siento corazonadas, son suspiros e ideales de este.

Fue un beso caricia, el bullicio estaba lejos.

También el principio del fin más sincero.

Recuerdo sentir los labios de Gabriel en ese contexto, nuestros roles profesionales nos miraban embelesados, eufóricos por haber visto la mejor parte de una película.

Nuestros ojos desorbitados, tuvieron un encuentro forzoso con nuestros labios.

Y ambos ansiabamos el amanecer, pidiendo libros.

Aquel beso significó un antes y un después.

El amanecer irrumpió entre nosotros.

He sido víctima de antojos, de recuerdos arrancados de mi memoria.

Pero yo era optimista y estaba conmovida, cuando Gabriel continuaba planeando concurrir esa tarde.

Según creo yo, él absorbía mis palabras con una actitud cortés, a veces entre palabras nos empezamos a reír.

No quería pensar en él, y tampoco quería que me gustase.

Pero yo comencé a preguntarme sobre el juicio que él sostenía al esforzarse.

Lo miré en un momento y me pregunté: ¿Cómo es que me estoy arriesgando tanto?

Pero esta pregunta me la hice un año y medio después.

Ya era demasiado tarde.

Escríbeme entera, con rimas y abrazos.

Si veo en el fondo de todo esto, entonces me percato de que me enamore.

Estábamos allí, los dos sentados, atentos, era un beso que a mí me despertaba miedos y emociones.

Su subcultura contemporánea me traicionó, me encontré mirando su boca cuando me hablaba.

Me hizo olvidar los nudos, a Gabriel el beso repentino le dio fatiga.

Yo me quedé en silencio por un instante, intentando pensar si lo que hacíamos era lo correcto.

Muchas cosas me decían que este beso me cambiaría la vida, o mi forma de trabajar.

Alguna decisión tenía que tomar.

Si alguien nos ve, seremos el mejor espectáculo que jamás se ha ofrecido.

Nada de esto, tendría que haber pasado.

Fue un simple beso, mientras yo conocía el volumen de sus historias pasadas.

El día del cierre, debía envolver un adiós en el espiral del olvido.

Pero fue bastante natural todo, luego aplicamos más rubor, más imaginación, agobio y fantasía.

Sus abrazos mantienen lisa la libertad condicionada para consumirnos.

Son una auténtica máquina del tiempo, sus abrazos mientras avanzan aseguran ser ilusiones.

A veces pienso que he vivido tantas vidas y he pasado de todo en esta tierra y justo ahora me he quedado sin tiempo, y estoy junto a ti.

¿Me pregunto cuántas manos habrá borrado mi huella?

Utilizaré mil disfraces, difundiré la confusión.

Y tú soplame un secreto que pueda sorprender a todos, aunque podría suceder si lo deseas.

Mi oficina perdió su sabor, la sensibilidad me acecha, y él en la semana extraña mi presencia.

En el silencio de su mirada, él encontró mis abrazos.

Las tardes son mis preferidas porque es cuando él vuelve a estar conmigo.

Aunque sé que no es real, sino una parte de mi deseo.

Me enamoré perdidamente, cuando lo vi tan vulnerable, por eso lo ayudé.

Me encontraba rompiendo todas las reglas con las que crecí, y no me importaba mientras estuviera a su lado.

Nunca lo imaginé, pero al despedirnos y levantarnos, nos miramos con intensidad.

Le dediqué la mejor de mis sonrisas, y sentí que él me correspondía.

Mientras escuchaba su voz melodiosa, mis sentidos iban percibiendo sus caricias.

Lo volvería a repetir aun sabiendo que está mal.

En el rincón donde nació esto, brotaban las palabras con suave empeño.

Él venía a liberar tensiones, pero al despedirnos sonreímos y así se aprenden los placeres.

Necesito indultar a mi conciencia por haberme permitido besarlo.

El desorden aparece delante, dentro de mis ojos.

Ambos dimos el paso adelante, como intentando reivindicar el placer que nuestra

alma necesita para sentirse viva.

EL LUGAR DONDE TE PIENSO:

Había lugares remotos donde solía ir a buscar inspiración:

paisajes inhóspitos, silencios largos, rincones donde nadie pudiera interrumpir el diálogo entre una hoja en blanco y mi imaginación.

Y, sin embargo, últimamente me bastaba hablar contigo.

No sé en qué momento empezaste a convertirte en una concesión al romanticismo. Quizás fue entre una conversación y otra, entre alguna confesión inesperada y esas palabras que llegan con la naturalidad de quien no sabe que acaba de encender una chispa.

Yo quería tomar un cuaderno y convertirte en prosa poética.

Desnudarte, sí, pero no solamente el cuerpo.

Desnudarte en mi imaginación. Quitar lentamente las capas de lo cotidiano, de las historias que traemos encima, de aquello que alguna vez fuimos, hasta encontrar ese lugar secreto donde el deseo y la ternura dejan de ser enemigos.

Porque hay noches en que la imaginación vuela y la pasión también.

Y entonces pienso en tu cintura, en un abrazo que todavía no existe pero que mi imaginación ya conoce, en ese instante absurdo en que dos personas podrían entrelazar los meñiques y hacer un pacto contra el ruido del mundo.

Quizás lo nuestro fue destino, o buena suerte, o una coincidencia de esas que aparecen cuando uno menos las espera.

Tal vez fueron apenas migas del despertar, pequeñas vitaminas para recordarnos que todavía podemos sentir algo que nos sacuda el pecho.

No sé qué nombre ponerle.

Y quizá no haga falta.

Porque algunas historias no llegan para quedarse con una etiqueta. Llegan para robarnos un poco la cámara, para cambiar el encuadre, para mostrarnos una versión de nosotros mismos que habíamos olvidado.

Yo puedo ser distracción.

Puedo ser deseo.Puedo ser esa fiebre que aparece cuando una persona se mete demasiado profundo en los pensamientos de otra. Pero también quiero ser guía.

Quiero que, pase lo que pase, exista entre nosotros ese pequeño territorio donde la amistad permanece intacta, donde podamos reconocernos aun cuando nadie nos vea.

Y si alguna vez el mundo se queda en silencio, si nadie mira, si las circunstancias nos permiten acercarnos sin miedo, quizás baste con un gesto pequeño:

un roce, un abrazo, un apretón de manos,

los meñiques entrelazados.

Como una promesa sencilla.

Como diciendo:

te deseo, te pienso, me provocás… pero también quiero cuidarte.

Porque quizá ahí esté la verdadera belleza de esta historia: en descubrir que el deseo puede tener ternura,que la pasión puede saber esperar,

y que a veces una persona puede entrar en nuestra vida como una llamarada y terminar quedándose,mucho más discretamente, como una luz.

UNA PALABRA DE AMOR APRENDIENDO A NO DAR MIEDO.

Decir tu nombre me deja quieta,
y eso en mí ya es una rareza.
Yo, que casi nunca permanezco,
que camino, escribo, canto,
discuto con el mundo
y miro hacia arriba
cuando todos bajan la cabeza.

No sé si sos vos, Gabriel,
o el ruido antiguo de una puerta
que mi memoria dejó entreabierta.

A veces el amor no llega vestido de amor.
Llega como una pregunta,
como un sobresalto,
como una escena absurda
en mitad de una calle cualquiera.

Llega y me encuentra con los rulos desordenados,
con las manos llenas de palabras,
con una vergüenza escondida
en algún rincón de la cara.

Entonces pienso demasiado,
y cuando pienso demasiado
soy capaz de convertir una mirada
en expediente, incendio, canción
o terremoto.

No te confundas.
No vine a entregarte mi centro.
Vine a mirar qué parte de mí
todavía se asusta
cuando una palabra dulce
se acerca demasiado.

Porque hay afectos que no piden permiso,
pero tampoco gobiernan.
Aparecen, dejan una marca,
mueven un poco los muebles del alma
y después una decide
si abre la ventana
o se queda respirando en silencio.

Gabriel,
yo no sé amar como quien se rinde.
Amo como quien investiga,
como quien riega una planta
sin ahogarla,
como quien revisa una casa antigua
y descubre que todavía hay luz
en una habitación cerrada.

Hay algo en vos
que no termina de explicarse,
un gesto sin ruido,
una forma de estar
sin ocuparlo todo.

Y quizá por eso me inquieta.
Porque no venís a salvarme,
ni a ordenar mi historia,
ni a decirme quién soy.
Venís apenas a tocar el borde
de una memoria que aprendió
a defenderse sola.

Yo podría decir “te amo”
y después reírme de los nervios.
Podría mirar al cielo,
hacerme la distraída,
hablar de perros, de flores,
de ladrillos que no encajan,
de cualquier cosa
menos de lo que tiembla.

Pero sería inútil.
Hay palabras que insisten
como campanas lejanas.

Y aunque me dé pudor,
aunque hablar de amor
me parezca a veces
un animal enorme
esperando en la puerta,
sé que no todo miedo
viene del presente.

Algunas cosas tiemblan
porque alguna vez dolieron.
Otras tiemblan
porque todavía viven.

Por eso, Gabriel,
si alguna vez escribo que te amo,
no será para hacerte dueño
de mi silencio.

Será porque una parte de mí
volvió a reconocer
el calor de una palabra.
Será porque, entre tanta ruina
y tanta prisa,
todavía me sobra ternura.
Será porque no pienso cerrar el pico,
ni esconder mi risa,
ni pedirle perdón al mundo
por sentir.

Y en mi defensa diré:
no fue obediencia,
no fue destino,
no fue caída.
Fue apenas esto:
una mujer mirando de frente
a su propia memoria,
y una palabra de amor
aprendiendo a no dar miedo

NO ES MERITO SINO INSISTENCIA

No es mérito, sino insistencia
No puedo decir que te amo,
porque tu ausencia está decidida.
Y hay ausencias que no se anuncian:
caen.
Se quedan.
Crecen torcidas en la memoria
como una raíz que no encuentra tierra
y aun así insiste.
Aprendí, demasiado pronto,
que un alma puede sostenerse con muy poco:
una mirada,
una frase,
una promesa incompleta,
un temblor.
Y a veces ese poco,
cuando toca una parte verdadera de una,
se vuelve un mundo.
Un mundo mínimo,
pero suficiente para arder.
Siempre hay alguien que quiere engancharte.
Alguien que merodea las grietas,
que reconoce el cansancio,
que adivina la fragilidad
como si la tristeza tuviera perfume
y hubiera quienes supieran seguirlo.
Entonces una duda:
del otro,
de sí misma,
del deseo,
de la necesidad de ser vista
sin tener que defenderse tanto.
«… Incertidumbres, no es necesario…» respondió Gabriel con frialdad.
Pero sí era necesario.
Porque las incertidumbres también respiran.
También hacen nido.
También sostienen lo que no termina de caer.
A veces son lo único honesto
en medio de los vínculos confusos,
de los silencios que se imponen,
de las cercanías que prometen calor
y dejan apenas sombra.
Con el tiempo entendí
que no es mérito,
sino insistencia.
Insistencia del corazón
cuando ya debería haberse callado.
Insistencia de la memoria
cuando nadie la invita a quedarse.
Insistencia de la piel,
de la ternura,
de esa parte de mí
que no quiso volverse piedra
aunque el mundo le enseñara el oficio.
Y el amor…
el amor nunca llega del todo a horario.
A veces aparece tarde,
mal dicho,
mal cuidado,
a destiempo.
A veces no salva.
A veces no alcanza.
A veces apenas deja una música
temblando en el aire.
Pero incluso así,
el amor es la única melodía
que se atreve a sonar a destiempo,
desafiando el silencio.
Tal vez por eso escribo.
Porque hay cosas que no pude corregir en la vida,
pero sí puedo nombrarlas.
Y nombrarlas,
aunque no las cure,
las vuelve mías.
Las arranca del dominio del silencio.
Las salva, aunque sea un poco,
de la intemperie.

LOS SUEÑOS DERROTADOS:

Estaba pensando en voz, en mí, en nosotros, en la brisa que me sacude el alma melancolica, mientras te pienso, en la brisa que casi me desnuca contra la pared y en los suspiros que resignadamente obedecen y vuelven a decir que esa boca no es mía.

Pienso en tus ojos, en tu súbito grito musical, en tu risa vertiginosa, en las ansias que nos consumen mutuamente y nos envuelve en un destino incierto.

Hoy te evocan mis letras, conmovidas en mi alma.

No eres hombre para mí, pero me besaste y me perdí tras tus ojos, ambos parecíamos desconcertados.

Sin cambiar otra palabra trago saliva y anunció su nombre: Gabriel.

El tan humorista, no se atrevía a lanzar una de sus bromas. Sin dudas, no me había fijado en el hasta aquel instante y aquel beso.

Desde entonces, ya no puedo olvidar aquel divino rincón, la fuerza de mirarte, el sabor a pasión.

Pero aquí nos salimos del camino, salieron cosas más anchas, tus ojos inquietantes son un deseo ideal, nuestros labios unidos nos envían su última claridad y fingen perspectivas bordeadas de pudor.

No nos dimos cuenta de la indomable fuerza ciega que nos consume en cada encuentro, de los enigmáticos antojos, y de que somos presos de un hondo abatimiento.

Y qué extraño resulta descubrir que también se puede extrañar aquello que nunca nos perteneció. Que existen besos capaces de inaugurar una ausencia, miradas que prometen sin pronunciar palabra y silencios que terminan confesando lo que nuestros labios no se atreven a sostener.

A veces quisiera preguntarle al destino por qué nos concede instantes tan hermosos si después nos exige renunciar a ellos. Qué absurda manera de enseñarnos a querer, acercándonos lo suficiente para sentir el calor de la piel y alejándonos antes de aprender a permanecer.

Y, sin embargo, cuando te acercas, todas mis razones se vuelven pequeñas. La prudencia se esconde, la memoria se desordena y hasta mis viejas certezas parecen conspirar contra mí. Entonces vuelvo a mirarte, como quien contempla aquello que sabe que no debe tocar, pero que tampoco consigue dejar de amar.

Te quiero, pero tenemos sueños derrotados, que se agitan en la ribera de la vida y nos acompañan en un viaje misterioso.

Quizás no nos faltó valentía, sino un tiempo que estuviera dispuesto a recibirnos. Quizás llegamos demasiado tarde a una historia que nunca comenzó, o demasiado temprano a una despedida que ninguno había imaginado.

No sé si el amor también se mide por aquello a lo que renunciamos, ni si existe alguna justicia para los sentimientos que nacen sin encontrar su lugar. Solamente sé que hubo un instante en el que el mundo pareció detenerse y tu boca, sin pedirme permiso, escribió sobre la mía una historia que ahora debo aprender a callar.

Me pregunto si alguna vez volveremos a mirarnos sin recordar aquel beso, si podremos reírnos de nuestra torpeza o si seguiremos fingiendo que nada sucedió mientras el corazón, desobediente, insiste en conservarlo todo.

Tal vez, esta hoja sea una despedida, o nuestro último consuelo a los sueños derrotados bajo el brillo indiferente.

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