Durante mucho tiempo confundí la permanencia con el amor.
Creía que quedarse era una forma de vencer. Que había cierta dignidad en resistir los inviernos, incluso cuando la casa llevaba años sin calefacción. Aprendí a cerrar las ventanas, a poner trapos debajo de las puertas, a acostumbrarme al frío. Después empecé a decir que no tenía frío.
Fui buena en eso.
También fui buena en otras cosas. En llegar temprano, en saber las respuestas, en reconocer el humor de una habitación antes de entrar. En hacerme pequeña cuando el aire estaba demasiado cargado y enorme cuando había algo que demostrar.
Hubo una época en que coleccionaba pruebas de mi existencia. Pequeños objetos brillantes, papeles firmados, nombres escritos con buena letra. Los dejaba sobre la mesa como quien abandona migas de pan para encontrar el camino de regreso.
Nadie parecía tener hambre.
Entonces aprendí a hacer ruido.
Tampoco funcionó.
Con los años perfeccioné una habilidad bastante triste: la de encontrar un lugar en cualquier parte, aunque para entrar tuviera que dejar algo mío afuera.
Primero fueron cosas insignificantes. Una opinión, una costumbre, una canción. Después empecé a abandonar deseos enteros. Me decía que no importaba, que había tiempo, que las personas eran distintas y que querer a alguien consistía, en buena medida, en comprender sus límites.
Nunca se me ocurrió preguntarme quién comprendía los míos.
A veces pienso que he vivido mudándome dentro de mí misma. Corriendo los muebles, achicando las habitaciones, clausurando puertas para que otros pudieran circular sin incomodarse. Cada tanto alguien decía que allí se estaba bien.
Yo sonreía.
Era agradable saber que, al menos, la casa resultaba cómoda.
No recuerdo cuándo empecé a sentir que me faltaba espacio.
Tal vez fue mucho antes de advertirlo. Tal vez hubo señales pequeñas: una mesa preparada para alguien que nunca llegaba, un asiento vacío, una mano que no encontraba otra en mitad de la calle. Cosas demasiado menores para convertirlas en una tragedia y demasiado persistentes para ignorarlas.
Y sin embargo las ignoré.
Hasta que un día algo se encendió en una habitación que creía deshabitada.
No ocurrió nada extraordinario. Ninguna puerta se abrió de golpe. Nadie prometió quedarse. Apenas una conversación, una risa, la extraña sensación de que el tiempo podía detenerse sin que hiciera falta pedirle permiso.
Fue suficiente para recordar que todavía había luz.
Después vino lo de siempre: la realidad, con sus zapatos puestos, entrando sin golpear. Las preguntas ajenas, las explicaciones que nadie había pedido, la vergüenza de descubrir que incluso la alegría podía convertirse en algo de lo que una tuviera que defenderse.
Y otra vez aquella antigua necesidad de justificar mi presencia.
No sé en qué momento empecé a cansarme tanto.
Es un cansancio difícil de explicar. No está en los músculos ni se resuelve durmiendo. Se parece más bien al agotamiento de alguien que lleva años sosteniendo una puerta para que no se cierre y descubre, de pronto, que del otro lado no hay nadie intentando entrar.
Todavía no sé qué hacer con eso.
Hay días en que quisiera soltarlo todo. Otros en que me asusta el ruido que harían las cosas al caer.
No tengo grandes revelaciones. Desconfío de esas historias donde una mañana cualquiera alguien despierta convertido en una persona nueva. Yo sigo siendo bastante parecida a quien fui. Todavía espero ciertas miradas. Todavía me duelen algunas ausencias. Todavía me descubro ensayando respuestas para preguntas que nadie me hizo.
Pero últimamente sucede algo extraño.
A veces, cuando estoy a punto de mover otro mueble para hacerle lugar a alguien, me detengo.
Miro alrededor.
Reconozco algunas cosas que había olvidado que eran mías.
Y por primera vez en mucho tiempo, antes de preguntar si alguien va a quedarse, me pregunto si todavía tengo dónde sentarme.
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