De algunas personas no recuerdo las palabras.
Recuerdo la manera en que las decían.
La pausa antes de responder. La serenidad de quien no necesita imponerse sobre el silencio. Esa forma de mirar como si el mundo, por un instante, mereciera toda su atención.
Y los ojos.
Sobre todo los ojos.
Profundos de una oscuridad difícil de explicar. De esos que no ocultan, sino que parecen guardar algo. Nunca supe exactamente qué. Quizás por eso me demoraba tanto en ellos.
Hay rostros que el tiempo desdibuja y otros que permanecen con una precisión casi injusta.
Podría olvidar una fecha, una conversación entera, el orden de los acontecimientos. Pero no esa mirada.
Ni la absurda felicidad de saber que estaba por llegar.
Ni aquella vieja costumbre de inventar caminos para coincidir unos segundos.
A veces pienso que la memoria es caprichosa. Conserva lo que no debería importar y deja escapar aquello que creíamos imprescindible.
Aunque quizás no sea la memoria.
Quizás haya personas que, sin saberlo, nos dejan una pequeña alteración en la manera de mirar el mundo.
Y después, incluso cuando ya no están, seguimos viendo algo de su luz en todas partes.
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