Mi relación con las matemáticas empezó mal. No hubo un acontecimiento puntual, una tragedia fundacional ni un profesor particularmente perverso. Simplemente, un día alguien decidió que tenía que aprender a dividir y yo consideré que aquello era una intromisión innecesaria en mi existencia.

Hasta entonces, el mundo funcionaba bastante bien sin mi colaboración aritmética.

Las cosas estaban donde debían estar. Los árboles crecían, los perros ladraban, a mi madre la corría un reloj y los domingos tenían esa tristeza anticipada que ninguna operación matemática conseguía explicar.

Pero en la escuela insistían.

Había que sumar, restar, multiplicar y, llegado el momento, dividir. Sobre todo dividir. Como si no alcanzara con todas las cosas que la vida se encargaría de separarnos más adelante.

Recuerdo particularmente los problemas. Esos pequeños relatos de ficción escritos por personas que, evidentemente, nunca habían tenido una conversación interesante.

Juan tenía doce manzanas. Pedro le quitaba cinco. ¿Cuántas manzanas le quedaban a Juan?

A mí me preocupaba Pedro.

¿Por qué le quitaba las manzanas? ¿Se las había prestado? ¿Tenía hambre? ¿Juan había consentido aquella transacción? ¿Por qué nadie intervenía?

La maestra esperaba un siete.

Yo tenía demasiadas preguntas.

Después estaba Roberto, que había comprado 16.363 naranjas por motivos que el enunciado no consideraba necesario explicar.

¿Dieciséis mil trescientas sesenta y tres naranjas, Roberto? ¿Para qué querés tantas? ¿Tenés una verdulería? ¿Vas a hacer jugo para todo el pueblo? ¿Dónde pensás guardarlas? ¿No te parece que estás exagerando un poco?

Y mientras mis compañeros calculaban cuánto había gastado, yo seguía preocupada por Roberto, sus decisiones financieras y el destino de semejante cantidad de cítricos.

Con los años descubrí que las matemáticas exigían algo que a mí me resultaba particularmente difícil: aceptar que existiera una sola respuesta correcta y que, además, hubiera que llegar a ella siguiendo un procedimiento determinado.

No bastaba con acertar. Había que demostrar cómo.

Aquello me parecía una forma bastante sofisticada de desconfianza.

Mientras algunos compañeros resolvían operaciones con la serenidad de quien conoce el destino, yo contemplaba el pizarrón como se contempla un idioma extranjero en una estación de trenes: con la esperanza de que alguien apareciera a traducirlo antes de perder el último colectivo.

Las tablas de multiplicar merecen un capítulo aparte.

Todavía recuerdo la violencia simbólica del siete por ocho. Cincuenta y seis. Lo sé ahora, después de décadas de convivencia forzada. Pero durante mi infancia aquella combinación tenía la consistencia de un secreto de Estado.

Había números que se llevaban bien entre sí. El dos era razonable. El cinco tenía cierta elegancia. El diez, directamente, era un caballero.

El siete, en cambio, parecía tener problemas personales conmigo.

Mi desempeño matemático fue construyendo una identidad paralela. Era buena para algunas cosas, pero para los números no. Lo escuché tantas veces, de tantas maneras, que terminé aceptándolo como quien acepta una característica física.

Tenía ojos, manos, una determinada estatura y una incapacidad aparentemente congénita para calcular porcentajes.

Nadie parecía demasiado preocupado por averiguar qué ocurría entre mi cabeza y aquellos símbolos. Bastaba con constatar que el resultado era incorrecto.

Y yo, que todavía no sabía demasiado sobre pedagogía, aprendí una lección bastante eficaz: había territorios del conocimiento en los que era preferible no entrar.

Así comenzó mi negación.

No fue una decisión consciente. Nadie se levanta una mañana y anuncia que renuncia definitivamente al sistema decimal. Fue algo más discreto. Una retirada progresiva, casi diplomática.

Primero dejé de levantar la mano. Después aprendí a copiar con cierta dignidad. Finalmente desarrollé una habilidad extraordinaria para reconocer cuándo una profesora estaba a punto de pedir voluntarios y dirigir la mirada hacia un punto remoto del universo.

Podría decirse que mi capacidad de anticipación alcanzó niveles científicos.

Lamentablemente, nunca fue evaluada.

Mientras tanto, descubrí que las palabras ofrecían un territorio menos hostil.

Una misma oración podía significar varias cosas. Una coma modificaba una intención. Un personaje podía equivocarse sin que eso invalidara toda su existencia. Los finales podían permanecer abiertos y nadie exigía encerrar la respuesta en un recuadro.

En los libros, las incógnitas tenían permiso para seguir siéndolo.

Aquello me resultaba profundamente tranquilizador.

Durante mucho tiempo creí que mi rechazo a las matemáticas era una cuestión de gustos. Como no soportar el hígado con cebolla o sentir una repulsión casi filosófica por el mondongo. Especialmente por esa textura inexplicable, esa especie de toalla húmeda que alguien, en algún momento de la historia de la humanidad, decidió que era perfectamente razonable poner en un guiso.

Hay decisiones humanas que no necesitan explicación. Necesitan una investigación.

Con los números me pasaba algo parecido. No los entendía, no me gustaban y, francamente, tampoco estaba demasiado interesada en mejorar nuestra relación.

Pero con los años empecé a sospechar que el asunto era un poco más complejo.

Quizás no odiaba las matemáticas.

Quizás odiaba esa sensación de quedarme afuera de algo que para los demás parecía tan evidente.

Ese instante en el que alguien explica por tercera vez una operación y uno empieza a asentir, no porque haya comprendido, sino porque ya resulta socialmente incómodo seguir preguntando.

La estrategia era sencilla: sonreír, mirar el cuaderno y esperar que la clase terminara.

Con el tiempo perfeccioné el método.

Incluso aprendí a decir «soy malísima para las matemáticas» antes de que alguien tuviera la oportunidad de comprobarlo.

El humor, después de todo, también puede funcionar como una operación defensiva.

Y yo me había vuelto bastante competente en esa materia.

Lo curioso es que terminé dedicando buena parte de mi vida a la educación.

Una elección que, vista desde cierta perspectiva, tiene algo de ajuste de cuentas.

Volví a las aulas, a los pizarrones, a los cuadernos, a las explicaciones que a veces no alcanzan. Volví a encontrarme con chicos que miran una consigna y sienten que está escrita en un idioma que todos conocen menos ellos.

Y algunas veces reconozco esa mirada.

No porque todas las dificultades sean iguales, ni porque mi experiencia pueda explicar la de otros, sino porque recuerdo perfectamente lo que significa empezar a creer que una materia tiene algo personal contra uno.

Hoy sé que las matemáticas no eran el enemigo. Que tienen belleza, lógica y posibilidades que quizás nunca me enseñaron a descubrir. También sé que no todos aprendemos de la misma manera y que comprender requiere, muchas veces, bastante más que repetir una explicación.

Sin embargo, mi reconciliación con los números sigue siendo parcial.

Uso calculadora sin culpa. Desconfío de las fracciones. Y cuando alguien anuncia que una operación es «facilísima», siento el impulso infantil de abandonar el edificio.

Hay cosas que la adultez no consigue corregir.

A veces pienso en aquella niña frente al pizarrón. No con lástima, sino con cierta simpatía. Me causa gracia imaginarla intentando descifrar el misterio del mínimo común múltiplo mientras, probablemente, tenía asuntos mucho más urgentes en la cabeza.

Quién se había peleado con quién. Qué iba a leer esa tarde. Por qué algunas personas decían una cosa y hacían otra.

Nunca fui especialmente buena para encontrar denominadores comunes.

Ni siquiera fuera de la escuela.

Con los años descubrí que las operaciones más complicadas rara vez aparecen escritas en un cuaderno. Hay personas que suman y otras que restan. Hay afectos que no se pueden dividir en partes iguales, esfuerzos que no guardan proporción con sus resultados y ausencias que, por algún motivo, siguen ocupando lugar.

Tampoco parece existir una fórmula demasiado confiable para calcular cuánto tiempo necesita alguien para dejar de esperar determinadas cosas.

Y ni hablar de las probabilidades.

Si de algo estoy segura es de que la vida tiene una pésima relación con la estadística.

Por suerte, en algún momento dejé de exigirle exactitud.

Todavía me gustan las preguntas que no tienen una sola respuesta. Los finales abiertos. Las palabras que cambian de sentido según quién las pronuncie. Las cosas que no terminan de encajar y que, sin embargo, encuentran alguna manera de existir.

Supongo que nunca abandoné del todo aquella costumbre infantil de desconfiar de los resultados demasiado evidentes.

A esta altura, ya no me preocupa.

Después de todo, pasé años intentando encontrarle la equis a asuntos que ni siquiera tenían ecuación.

Quizás por eso siempre me gustó tanto esa canción que dice: «Si 2+2 diera 3, este mundo no sería como es». Me parecía una posibilidad bastante interesante. Después de tantos años obedeciendo las reglas de la aritmética, no estaba mal imaginar un mundo donde hasta los números pudieran equivocarse.

Y aunque todavía no sé muy bien

qué hacer con una raíz cuadrada, aprendí algo bastante útil: hay cosas que no se resuelven.

Se cuentan.

Y, si hay suerte, alguien se ríe.

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