Hay personas que tienen la suerte de recordar a sus padres desde la ternura. Yo aprendí algo distinto: que también se puede llegar a la ternura después de haber atravesado años de distancia.

Mi papá y yo tuvimos una relación difícil. Hubo silencios, enojos, desencuentros y palabras que faltaron. Durante mucho tiempo nos costó encontrarnos en el mismo lugar.

Pero los años hacen cosas. A veces no reparan el pasado, pero permiten mirarlo desde otro lado.

Mi papá nunca fue un hombre de grandes discursos. No sabía hablar de lo que sentía. No pedía perdón. No explicaba. Sin embargo, en los últimos años, a su manera, empezó a acercarse. Como pudo. Con los recursos que tenía. Con gestos pequeños que para otros quizás no significaban nada, pero que yo entendí.

Cuando llegó el final, estuvimos los dos solos algunos días. Murió a mi lado.

Y aunque suene extraño, cuando se fue, no me quedó rabia. No me quedó nada pendiente. Porque entendí que las reconciliaciones más profundas no siempre ocurren en una conversación. A veces suceden lentamente, en los hechos, en la presencia, en quedarse.

Hoy no recuerdo al padre que hubiera querido tener. Recuerdo al hombre real que fue. Con sus luces y sus sombras. Con todo lo que no pudo dar y con todo lo que sí intentó reparar.

Y desde esa paz que nos costó tantos años construir, lo recuerdo.

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