Siempre pensé que la soledad era un estado que se elegía, pero aquella noche descubrí que también puede ser un personaje. No es un vacío, como solemos creer, sino una presencia anterior incluso a la memoria del mundo. Me habló cuando las voces eran imposibles. Había buscado el aislamiento como quien se retira al mundo interior: Estaba harto de discusiones, y desencuentros del cansancio cotidiano. Quería alimentarme de mí mismo, como si el silencio fuera una forma de pan. La habitación estaba oscura y, sin embargo, la sentí acompañándome.
—No soy ausencia —dijo—; soy compañía. Dudé. Pensé que era una trampa de la mente nacida del agotamiento. Pero la voz persistió, tenue como un sueño que camina hacia la vigilia. La soledad no hablaba con palabras: convocaba.
—No me rehúyas —susurró. Y comprendí que llenarla de ruidos sería una falta de respeto.
Estuvimos un tiempo a solas. Ella tenía su equilibrio. Me ofrecía claridad, pero también una especie de desazón: el de saber que uno puede ser suficiente para sí mismo… aunque no por demasiado tiempo.
Un día, sin embargo, noté un cambio. Estaba inquieta, como si llevara demasiado tiempo en un lugar que no le pertenecía del todo.
—El ser humano es un misterio incompleto —dijo—; no fue hecho para permanecer en mí.
Aquella frase me atravesó. Comprendí que incluso la soledad, que parecía tan autosuficiente, necesitaba del mundo para justificarse. Sin hombres, sin voces, sin historias, ella sería apenas vacío. Salí entonces. Caminé hacia el ruido, hacia las voces, hacia la multitud que siempre me fatiga. Y mientras avanzaba, sentí algo extraño: la soledad se alegraba. Era como si ella también necesitara que yo regresara al mundo, porque en cada encuentro, en cada conversación, en cada gesto compartido, encontraba su propio sentido. La compañía no la destruía: la completaba.
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