La secreta singularidad del recuerdo.

Tuve mucho tiempo para pensar en el valor del recuerdo. He llegado a creer que algo no necesita durar para siempre para conservar su valor. Quizá esa idea sea una forma racional de proteger el alma del dolor de lo que pudo haber sido: una vida sin vivir, un futuro que nunca llegó a existir. Honestamente, no lo sé.

Pero elijo creer en el recuerdo. Elijo creer en ella. Elijo creer que hay lazos que no se rompen, aunque la vida se empeñe en separarnos; que algo de nosotros permanece en el otro, como una secreta singularidad que el tiempo no consigue descifrar.

Ella me hizo escritor. Ella me convirtió en hombre. Me enseñó que el amor no siempre consiste en permanecer juntos, sino en transformar para siempre a quien hemos amado.

Habrá otros amores, incluso grandes amores. Pero ella tenía razón: hay algo que solo ocurre una vez, una combinación irrepetible de dos almas, un instante en que el universo parece haber encontrado su forma exacta. Después, todo puede repetirse, pero nada vuelve a ser lo mismo.

Tal vez el recuerdo idealice lo vivido. Tal vez conserve una perfección que la realidad nunca tuvo. No importa. No necesito saber si fue eterno; me basta con saber que fue verdadero.

Y ahora comprendo que algunas ausencias no son un vacío, sino una forma distinta de presencia. Ella ya no está en mis días, pero permanece en mis palabras, en mi manera de mirar el mundo, en ese lugar secreto donde el tiempo pierde su autoridad.

Ella se fue, pero no consiguió llevarse al hombre que hizo de mí.

Por eso, cuando alguien me pregunta si me dejó solo, mi respuesta es sencilla: no.

Porque hay amores que no regresan, recuerdos que no envejecen y personas que, aun lejos, continúan acompañándonos sin necesidad de pronunciar una palabra.

Quizá esa sea la única eternidad que nos está permitida: haber sido parte de alguien de tal manera que, incluso después de la despedida, la vida ya no pueda volver a ser la misma.

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