La cobardía de volver a amar

La cobardía de volver a amar

Alma Veyra

12/10/2026

Mis manos frías, sobre el teclado, escribo en la oscuridad de mi habitación; lloro porque ese frío se está derritiendo lentamente. ¿El culpable? Eres tú, sí lo admito, maldita sea eso. Estoy aterrada porque me gustas.

Una vez, también yo amé con todas las fuerzas, y no sabes cuanto… corrí gritando por el mundo: «Es mi destino», pero el destino me golpeó con los peores azotes que puede haber: él no me eligió y soltó mi mano. Caía, caía, caía, caía, caía, caía, caía, caí hasta que mis pies tocaron el oscuro fondo, miré mis pequeñas manos y en ellas tenía todo mi amor por ti. 

Después tuve que hacer algo mucho más difícil que amar: tuve que aprender a vivir con todo ese amor sin poder ponerlo en las manos de quien lo había despertado.

Nadie te advierte de esa desgracia. Una cree que el corazón se rompe y termina ahí el asunto, como una taza que cae al suelo. Pero no. El corazón roto sigue trabajando. Late, compra pan, conversa con la gente, se ríe cuando corresponde. Y un día descubre que alguien le gusta otra vez, y en lugar de correr hacia esa alegría, retrocede espantado, porque recuerda el precio de haber sentido tanto.

Eso me pasa ahora. Eso me aterra.

En mi mente está cada palabra, gesto, mirada, saludos y cada momento que intercambiamos. Me gustas, sí lo declaro a través de este escrito, lo hago aquí porque frente a ti nunca lo diré. El miedo me detiene. El miedo de romperme en mil pedazos.

Me atraes y me da miedo a que llegues a importarme. Me da miedo acostumbrarme a tu presencia, buscarte entre las personas, esperar una palabra tuya y descrubir que mi día puede cambiar de humor por no verte, por no escucharte, por no saber  de ti. Me da miedo que roces tu piel con la mía y yo no sepa como olvidar.

Pero, sobre todo, me da miedo volver a quedarme con el amor en las manos.

Por eso hago lo único que sé hacer cuando tengo miedo: finjo que no quiero.

Y tú, que no tienes por qué adivinar mis secretos, empiezas a alejarte.

Qué ironía tan cruel la mía: después de sufrir porque no pude tener cerca a alguien que amaba, ahora corro el riesgo de perder la oportunidad de conocer a alguien porque no me atrevo a dejarlo acercarse. 

Quisiera ser más valiente.

 

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