Soy el amor que no sabe medirse. Nunca aprendí a dar la mitad de algo: si entrego, entrego entero, sin dejarme un margen de retirada, sin guardar nada para el día en que tenga que reconstruirme sola. Y ahí está mi condena, la misma que presentí en Plath antes de encontrarle nombre, que lo más hermoso de mí (esta capacidad de amar sin condición) sea también lo que más me expone a quebrarme.
Pienso en «Mad Girl’s Love Song» y me reconozco en esa frontera borrosa entre desear y delirar, entre amar a alguien real y amar la idea que fabriqué de él para no quedarme con las manos vacías. Yo también invento, a veces, lo que necesito que el otro sea. Y pienso en «Papá», en esa violencia necesaria para soltar lo que te formó y te hirió a la vez, y entiendo que amar así —hasta el fondo— también puede significar tener que destruir, algún día, lo que amé, solo para poder seguir de pie.
Hay algo en la naturaleza que me habla más claro que cualquier teoría: esos animales monógamos que, cuando pierden a su pareja, no buscan otra —se apagan, dejan de comer, se dejan ir, como si la ausencia fuera una herida que el cuerpo no sabe cómo cerrar. O esas madres que se entregan enteras al dar vida, que mueren trayendo al mundo lo que aman, como si el amor más puro no pudiera separarse del riesgo de la propia desaparición. Yo me reconozco ahí. Sé que si algún día me falta ese vínculo al que me entrego sin reservas, algo en mí quedará marcado para siempre, un hueco que no se llena con nada más.
Y sin embargo no puedo dejar de ser así. Esta forma mía de amar —total, sin fisuras, sin cálculo— es lo mejor que le puedo ofrecer a cualquiera que decida quedarse. Pero también sé, con la misma certeza con que Plath escribía su propia herida, que es lo peor que me puede pasar a mí. Porque entregarse así no deja resto: o el otro se queda, o yo me quedo deshecha buscando la forma de seguir siendo yo sin lo que ya no está.
Lo peor que me puede pasar.
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