La nariz se me congela y los ojos me arden por la bruma salada que ya me humedeció la ropa. Por tramos, el camino se angosta, los yuyos largos me latigan en las piernas y algunos abrojos se acumulan en mis cordones. Bordeo un acantilado desde donde, los días despejados, se pueden ver las playas anchas divididas por escolleras y más al fondo un muelle gris y agrietado que llega hasta la primera rompiente. Hoy el mar está picado y la neblina acorta la visión. La orilla está llena de una espuma rabiosa que el viento levanta varios metros tierra adentro.
Yo avanzo en una bici machacada por la sal. La cadena y los engranajes secos rechinan con cada pedaleo, y parece que tengo un perro llorando adentro de la mochila. El quejido metálico se vuelve un pulso constante que termina integrándose al ruido del oleaje, hasta que lo olvido. Vuelvo a escucharlo recién en alguna curva, cuando el ritmo se ralentiza a destiempo. Por suerte, en esta época del año no me cruzo con nadie, la única que podría escucharlo es G, pero va bastante más adelante. Por cada tres metros que hago, ella me saca uno de ventaja. Ahora solo veo la luz roja que parpadea en su asiento, ya tan lejos y borrosa que no distingo si es mi imaginación.
A mi derecha, en el pasto grisáceo que me separa de la ruta, aparecen algunas flores amarillas, buscando el sol entre las capas de nubes densas. Un sol que no se parece en nada al de octubre. Aparece con un horario reducido de seis horas y apenas si alumbra. En el pueblo ya es un tema de conversación instalado.
El primero en hablarme de eso fue Luis, que trabaja hace años en la casa de verano de mis papás, cortando el pasto y podando las enredaderas que insisten en pasarse a lo del vecino.
Una mañana de la semana pasada, no recuerdo qué día, vino acompañado de sus dos hijos mientras con G todavía estábamos desayunando. Los vimos entrar abriendo de par en par el portón de madera que tiene una viga rota y arrastra en la tierra. Mi auto molestaba en medio del patio, así que fui a sacarlo antes de que él me lo diga.
Cuando volví estaba hablando con G.
—Está rara la cosa, che. Ni el sol ya asoma por acá.
Mientras hablaba, miraba para arriba sin parpadear.
—Lo miro fijo y, mirá, ni quema.
Pero Luis no ve nada. Hablo en nombre de todas las plantas con las que intenté decorar el patio y terminaron enredadas en su bordeadora.
También me habló de eso la señora de la rotisería, que culpó al pueblo vecino.
—Es cosa de Mandinga. Estos cagados de hambre son capaces.
Según ella, un día amaneció la costa llena de plumas blancas y de velas enterradas en la arena cada pocos metros. Solo se apagaron cuando se consumieron por completo, me dijo, mientras me miraba con una gravedad que, por unos segundos, me hizo creerle.
Un par de gotas pesadas me caen en la cabeza y van oscureciendo la tierra. Me incorporo del asiento y pedaleo con más fuerza para acortar distancia con G. Pareciera que el mismo viento que a ella le da en la espalda a mí me pega en la frente. Tal vez sea la posición aerodinámica baja que lleva. Intento imitarla, pero no me sale, me siento incómodo, como adentro de una casa con lentes de sol. Veo un auto venir a lo lejos y, por las dudas, vuelvo a la posición original.
Cuando por fin llego a casa, G ya se está bañando. Yo, mientras tanto, rebusco en los cajones una lamparita fotosensible, de esas que prenden automáticamente a la noche, en algún momento me pareció ver una de repuesto. La que está en el patio se quemó porque hace varios días que permanece prendida. No hubo suficiente luz para que se apagara. Reviso los cajones donde encuentro cartas, pedazos de tanza verde que no sé para qué sirve, lapiceras secas, hojas con anotaciones de algún chinchón que no gané, un manojo de llaves que desconozco, de todo menos lo que busco.
G sale de bañarse con un toallón enroscado en la cabeza y una bata vieja que usaba mi abuela cuando veníamos todos a la casa de vacaciones, ya le dije que me deserotiza bastante pero no parece importarle.
G—Bañate, dale, nos tenemos que ir.
—¿Adónde tenemos que ir?
Encuentro la lamparita en el cajón de los cubiertos.
G—Ya lo hablamos.
Pienso que probablemente tenga razón, y vuelvo a dejarla en el cajón.
De la ducha caen apenas un par de hilos de agua, con la presión de un viejo orinando. El calefón no llegó a calentar y me deben quedar apenas dos minutos de agua tibia, así que me enjabono lo más rápido posible. G entra a lavarse los dientes, yo hago montoncitos con las manos para acumular la mayor cantidad de agua y enjuagarme más rápido. El agua se enfría.
G—Si no solucionamos esto hoy, este pueblo se va a la mierda. Yo, olvidate de que vuelva.
No sé de qué habla.
—¿Qué querés solucionar? Hace tres veranos estás diciendo que no vas a venir más.
G—Si los de Turismo piden hablar con mi papá, lo llamás vos.
—¿De verdad vamos a hacer esto? A mí ni me va a contestar tu papá, y si contesta, se va a cagar de risa cuando le cuente.
G—Sí, de verdad.
Afuera llueve. Las gotas chocan en el techo alto de teja y el viento silba alguna melodía en tono menor. Decido que prefiero perder una tarde en un viaje absurdo de una par de horas a tener una discusión que no sé cuánto se puede extender en el tiempo. Aparte, partimos de dos razones invalidadas como argumentos, ella cree y yo no, ella no va a dejar de creer y yo no voy a creer.
El auto está en el patio y G arriba, esperando que le abra el portón, que arrastra cada vez más en la tierra.
Aunque son las cuatro y media, afuera hay una oscuridad densa, el flash del teléfono apenas me llega a los pies. Solo puedo pensar que, si se cruza un sapo, no lo voy a ver y, si piso un sapo, voy a morir retorcido del asco. Para cuando llego al portón, ya estoy empapado, pero sin ningún sapicidio encima. La viga está cada vez más vencida y la madera inflada por la humedad, tengo que hacer palanca hacia arriba con el hombro y acompañarlo en el recorrido para que llegue a abrir por completo.
En el auto pongo algo de música y me encargo de guiar a G que maneja rápido. Cuando los semáforos apenas se ponen en verde, ella toca un bocinazo por las dudas. Por suerte acá no hay semáforos.
El pueblo vecino queda a unos treinta kilómetros, conectado por una ruta descuidada que parece a medio terminar. Fui pocas veces hace mucho tiempo, cuando mi tía esotérica nos llevaba a un supuesto bosque energético donde ella lloraba abrazando los árboles. El pueblo lo usaba como imán turístico, pero con el tiempo fue perdiendo el efecto. Desde entonces ya pasaron bastantes años. No me disgustaría volver si no fuera para hablar con la secretaria de Turismo por una supuesta maldición.
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