Mi otra mitad

Mi otra mitad

KIRSTEN

10/10/2026

He venido desde muy lejos a reconocer mi otra mitad. Aquella que desde pequeña había sido enseñada a guardar, a jamás explorar. Como en un baúl viejo de recuerdos, regreso mirando con los mismos ojos admirados, tal como lo hacía esa niña. Me aventuré a la respuesta de mi humanidad, reconocer mis raíces y aquello que no está en quebradas.

Quiero poder hacer una idea completa de lo que me une a esta vida, lo que hace que mi corazón esté en un solo sitio, retumbando ante las bellezas de un mundo, entre el frío y un café. Como una perla en el mar, así me muestro día a día. Una vez que una mis vidas juntas.

Al llegar a aquel lugar, me sentí como embobada, en un lugar incierto, con personas añejas que había guardado en un baúl de los recuerdos. Poco a poco surgió en mí una pronta amabilidad de querer conservar con amor y ternura aquellas nuevas vidas que me acogían con ternura.

Fue así que conocí bellos lugares, tuve hermosas experiencias. El agua fría recorrió mi piel caliente, tensa y temblorosa; me ayudó a recuperar mi tan ansiada imaginación. Aprendí un poco de las comidas variadas, de lo delicioso que puede ser un café en una planada, de lo bello de la naturaleza en una granizada, donde llovía un hielo pequeño que yo lograba atrapar con la palma de mi mano. Amé cada instante donde podía recoger el granizo, untarme de este y poder, en el vasto páramo, pararme observando en el cielo un arcoíris que deslumbraba mi alma intensamente.

«Ah, pensé, de razón me pedían guardar esto y prohibiendo ver aquella majestuosidad que podría convertirse en mi ansiada libertad».  Como una burbuja explotó ese pensamiento, volviendo a la realidad. Me monté al carro y seguí el camino hacia una bella cabaña donde una señora amable hacía la mejor comida; era poco, pero delicioso.

Al otro día emprendimos un viaje que duró una hora hacia una montaña que prometía la mejor vista del mundo, pero llegar allá fue toda una osadía, sobre todo por los acantilados y las muchas vistas que nos hacían retroceder. El guía que nos mostraría el camino se perdió dos veces y, a la final, encontramos un hermoso potro que era de un color marrón que, resplandeciente en el cielo, corría libremente y galopaba en el césped majestuosamente.

Siguiendo aquel animal, nos topamos con el sonido del agua y supimos que nuestro destino había sido hallado. Saqué la cámara de mi celular y le tomé la foto a lo que fue lo más bello que han visto mis ojos: esa cascada. Para mí fue bella como un monumento precioso. Me adelanté, pues, a intentar acercarme y ponerme debajo, pero el intenso viento me lo impedía. La lluvia pronto me mojó toda la ropa y, como si me hubiera metido al agua, estaba empapada. Sin embargo, ni eso me detuvo; quería experimentar estar debajo de esa cascada.

El frío me impidió poder ir más al fondo. Encontré una cabra muerta en el pozo; quizás cayó de lo alto o quedó atrapada debajo de la gran cascada. Lo que sé es que, hacia un lado, pude disfrutar del agua tocando mi piel. La brisa movía mi ropa, mi cabello, y yo sentía el frío que recorría mi cuerpo. Pero no podía dejar de pensar en la hermosa creación de Dios.

Al terminar el día, recuerdo haber estado exhausta, pero feliz. Como cuando a un niño le dan una paleta, estaba intensamente feliz y agradecida de conocer tan hermosos lugares, que me demostraban una y otra vez mis raíces. Una vez estas fueron juntadas, entendí el placer de conocer mi propia gente, el placer de conocer nuevos lugares y el destino que yo tenía para hacerlo.

Poco a poco hice mis maletas, deseando volver a aquel lugar, descubrir nuevos sitios. A las personas que me acogieron con su más grande ternura y amor las aprecio. Me despedí de aquel lugar con mucho afecto, sin tristeza, pues prometí regresar, pero en todo el camino planteé mi vida, mi caminar y cómo cada espacio natural allá parece ser la perla de mi vida.

Guardé cada espacio hermoso, cada comida deliciosa y cada foto como recuerdo valioso de que mis raíces son más extensas y que siempre lo serán…

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