Les voy a contar una historia extraña, de esas que solo pasan en El Recodo.
Ese día, Carlo iba para misa con su ropa dominguera planchada. Al mismo tiempo, llegó al pozo Román, su amigo, en el carro recién comprado. El camino estaba lleno de lodo por las lluvias y el descuido. El carro pasó rápido y le salpicó el agua sucia de pies a cabeza.
Román iba de prisa. Carlo no sabía por qué iba de prisa.
A Carlo, empapado en lodo, le pareció que del carro salía una risa. No era la risa del motor. Era una risa que se le metió por los oídos, le recorrió el cuerpo mojado y se le quedó para siempre en la memoria.
Se la imaginó riéndose.
La sangre le corrió tan aprisa por las venas que alcanzó la velocidad del carro, que ya se había perdido en la distancia.
Tuvo que devolverse. Perdió la misa. Esa misa donde soñaba recibir la comunión.
Llegó a la casa ante la sorpresa de todos, pero para nadie resultó extraño: ese era el pan nuestro de cada día en El Recodo. Había que caminar con mucho cuidado por aquellos caminos.
El resto de la tarde, para no seguir con la rabia, se sentó en el balcón a hacer lo que más le gustaba: leer cuentos.
Me contó que tomó La mujer, de Juan Bosch, y lo leyó de un tirón. Cuando cerró el libro, se quedó pensando:
—Qué mujer tan malagradecida. ¿Sería masoquista? ¿Le tenía tanto miedo a su marido?
Se fue entrando poco a poco en ese mundo fantástico y se le olvidó por un momento el lodo.
Hasta que lo llamó Margot:
—Mi hijo, ven a cenar.
Carlo me dijo que no es rencoroso, pero que esa mojada no se la cobrarían sus hijos:
—De hombre a hombre me la paga.
Se acostó temprano, pero no pegó el ojo. La sangre lo mantuvo despierto. La sentía caliente; por momentos le picaba el cuerpo. El calor era sofocante y ese pensamiento de la risa imaginada lo empujaba hasta sentir que lo ahogaba.
De todos modos, se levantó a las seis en punto, como de costumbre. Se le notaba más sereno. La marea de la ira estaba más baja.
Se puso las botas de goma, tomó el paraguas, se santiguó y salió para la barbería. Él era barbero.
Cosa de la vida, Román apareció por la esquina en su carro. Venía bien despacio. Casi se podría decir que venía en busca de su amigo.
Carlo sintió el ruido y se volteó. Sintió que la ira le volvía, pero no con el ímpetu del día anterior.
—Carlo, hermano —dijo Román, muy apesadumbrado—. Ven, móntate. Te llevo. Te tengo que contar lo de ayer. No pude pararme.
—Román, sigue tu camino —dijo Carlo con voz contenida—. Lo de ayer no tiene perdón.
—Tienes que escucharme. Se trata de tu cuñada Sobeida. Le dio un preinfarto ayer tarde. La tuve que llevar corriendo al hospital. Por eso iba así.
—¿Y por qué nadie me dijo nada?
—Temían que no resistieras la noticia.
—¿Qué noticia?
—Que Marta, tu novia, murió anoche, mientras cuidaba a Sobeida en el hospital.
Carlo no pudo soportarlo. Cayó de rodillas en el charco y hundió la cabeza en el mismo lodo del día anterior.
Román se bajó del carro y lo abrazó, mientras le decía al oído:
—Mi hermano, lo de ayer fue un accidente. Anoche fui a tu casa y me dijeron que estabas dormido. No he podido pegar un ojo. ¿Me puedes perdonar?
Pero Carlo no lo escuchó.
Había dejado de respirar.
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