El primer párrafo hablaba de una vibración que había llegado un día. No era poderosa. Apenas un temblor. Pero tenía algo que ninguna otra vibración poseía: preguntas. La vibración decía:

—¿Soy yo quien busca la realidad, o es la realidad quien me busca a mí?

No sé si los lectores anteriores se sorprenderían; a mí me pareció una vibración pidiendo sentido. El concepto era difícil de analizar y lo sostuve como quien sostiene una idea sin idea.

—¿Puedo atraer mi realidad? ¿O soy parte de una conciencia mayor que me sueña?

No podía saberlo, y la respuesta encerraba peligros. El escrito seguía con la historia de un guardián que colocó la vibración frente a un espejo. Entonces el espejo habló:

—Si buscas atraer una realidad, la realidad será pequeña, porque cabrá dentro de tu deseo. Si buscas comprender la conciencia, la conciencia será grande, porque te incluirá a ti. Pero si entiendes que tú y la realidad son dos ecos de una misma fuente, entonces ya no habrá nada que atraer ni nada que comprender. Solo habrá ser.

Me imaginé aquella vibración como un punto que luego se hizo esfera, como si la oscilación hubiera encontrado una respuesta. La nueva onda, convertida de pronto en conciencia, habló por última vez antes de partir hacia el mundo que la esperaba fuera del libro:

—Entonces… ¿qué soy?

—Eres la pregunta que el universo se hace para recordarse a sí mismo —me dije, dejando caer el manual en mi regazo.

Miré por la ventana. La noche era oscura; las estrellas titilaban silenciosas, ajenas a mi mirada. Volví a mi escepticismo. ¿Era el tratado un simple juego de palabras? Tenía la intuición de que allí había más palabras que hechos.

Y el universo siguió su marcha, ajeno por completo a tanto verbo.

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