Una charla entre la depresión y la tristeza.

Una charla entre la depresión y la tristeza.

Me han dicho que ambos llevan nombres parecidos. Que la gente los confunde, los usa indistintamente, cree que son dos nombres para una misma herida, dos sombras que comparten el mismo rincón del atardecer. Pero yo sé que no es así. Una tarde, en un salón cuyas puertas daban a todos los tiempos y a ninguno, los escuché conversar. No hablaban con ira; sus voces eran como el agua que recorre un suelo de piedras antiguas, lenta y sin prisa, porque saben que no tienen adónde llegar.

La tristeza habló primero. Era delgada, de ojos que parecían haber visto nacer y morir todas las lunas; su ropa era de un color que recuerda a la lluvia sobre el mármol.

—Soy la que acompaña lo que se ha ido —dijo—. Soy el hueco que deja un nombre cuando ya no se pronuncia, el silencio que sigue a una canción que se ha callado. Vengo cuando algo se rompe, cuando alguien se aleja, cuando un sueño se apaga como un viento soplada por la mano del tiempo. Tengo causa, tengo memoria. Lloro por lo que fue y ya no es. Soy humana, y por eso paso: me quedo un rato, dejo mi huella en el rostro, y luego me voy, o me transformo, o me convierto en otra cosa, como el invierno que cede a la primavera.

La depresión escuchaba en silencio. No era igual. Su figura no se veía bien; parecía estar allí y no estar, como el fondo de un espejo que no devuelve la imagen. Su voz no venía de afuera, sino de adentro, de muy hondo, como si saliera de la raíz misma del ser.

—Tú tienes motivos —respondió—; yo no tengo ninguno, y a la vez todos. Tú eres la herida; yo soy la sensación de que la piel no existe. Tú lloras por lo que perdiste; yo lloro porque existe el mundo. No me voy cuando llega el sol, ni cuando llega la primavera. No me voy cuando vuelven los que amas. Estoy antes de la alegría y después de ella; estoy en el intervalo entre un instante y el siguiente, como un aire frío que recorre los corredores donde el olvido guarda todo lo que nunca sucedió.

La tristeza la miró con piedad, no con triunfo.

—¿Nada te consuela? —preguntó—. ¿Ni el recuerdo, ni la esperanza?

—La esperanza es una forma de creer que el mañana será distinto —dijo la depresión—; yo sé que el mañana es el mismo ayer repetido, igual que un libro que se lee siempre la misma página. No odio la alegría; simplemente no la creo. Veo la luz y sé que no es para mí, aunque esté a mi lado. Tú puedes transformarte: en recuerdo, en poesía, en ternura por lo que fue. Yo no me transformo. Soy el centro inmóvil del laberinto, donde no hay salida ni entrada. Soy la certeza silenciosa de que todo regresa y nada importa.

—Pero somos hermanas, ¿no es así? —dijo la tristeza—. Ambas habitan en el pecho de los hombres. Ambas los hacen detenerse, mirar adentro, ver lo que la alegría oculta.

—Somos hermanas, sí —convino la otra—, pero no de la misma madre. Tú eres hija del tiempo, que da y quita. Yo soy hija de la noche antigua, anterior al tiempo. Tú enseñas a valorar lo que se tiene; yo enseño que nada se tiene, ni siquiera uno mismo. Tú dejas huellas; yo borro las huellas, para que nadie encuentre el camino de vuelta.

Callaron entonces. Fuera, el sol se ponía, y no se sabía si era el mismo sol que se ponía en todos los mundos. La tristeza se levantó, despacio, como quien se despide de una casa que ha vivido siempre. La depresión permaneció sentada, inmóvil, esperando, no a nadie, sino simplemente esperando.

Comprendí entonces su diferencia. La tristeza es el dolor de ver que el mundo cambia. La depresión es la revelación terrible de que, en el fondo, nada cambia jamás: solo cambian las máscaras que usa el silencio. La tristeza puede cantar. La depresión conoce la única nota que no tiene canción.

Y sin embargo, pensé, quizá también esto pase. Quizá la historia no termina aquí. Porque en los laberintos que un escritor de quien no recuerdo el nombre soñó, siempre hay un camino que nadie ha visto aún: un camino donde la tristeza y la depresión no se oponen, sino que se sientan juntas, y esperan, y de repente, sin saber cómo, alguien las llama por un tercer nombre que aún no existe.

Ese nombre es, tal vez, el nuestro.

Sin embargo, hay un reparto secreto que ni el olvido ha logrado borrar. Quizás de uno se encarguen los afectos y del otro la alquimia.

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