Atesoras los momentos cuando te encuentras en el eco lento del transcurrir de las horas en una habitación blanca, con el sonido de tus latidos en una máquina que alerta cualquier cambio brusco.

​Cuando cerraste los ojos ante tu inminente final, tu siguiente recuerdo fue un dolor indescriptible: destellos de luz, los gritos lejanos de tu mamá, y tocar tu frente para sentir el líquido rojizo y caliente resbalar por tus mejillas.

​Controlas la respiración e intentas no desvanecerte de nuevo, porque hay personas que necesitan ayuda y porque necesitas estar consciente para resolver la situación que atraviesas.

​«¿En qué momento mi vida giró en torno a la supervivencia?», te preguntas. Llegan a revisar tu herida mientras te comunicas con el exterior, aún atónita, intentando contestar preguntas.

​—Es una herida profunda —escuchas decir.

—Necesita ayuda inmediata.

—Si lo hacemos, las personas ilesas se van detenidas.

—Que ella decida.

​¿Qué más podía hacer? Yo sé que debí pensar en mí, pero no puedo evitar compadecerme de los demás. Me niego a la ayuda.

​Pasan las horas y comienza la pesadilla de cinco días en los que mi salud pende de un hilo, donde los remordimientos cruzan mi mente: «No debí haber salido hasta más tarde», «No me hubiera negado a la ayuda», «Igual hubiera pasado algo así o peor».

​Contaba las horas para que terminara el tormento, mientras la sangre seca se adhería a mi cabello junto a esa herida aún abierta y desbordante.

​«Las personas que menos piensas que te ayudarán son las que aparecerán en tus peores momentos».

​Esas palabras resonaban en mi cabeza cuando la ayuda y la preocupación provenían de quien menos esperaba, mientras que los lazos familiares solo me causaban desilusión y tristeza.

​Miles de oraciones, palabras de apoyo, llamadas y visitas de allegados —que, aunque me consumían el dolor y la desesperación— labraban algo de fe en mi alma.

​La persona que me dio la vida estaba a mi lado sin importar que durmiera y comiera mal, vigilando mi respiración y consolando mi angustia. Solo ella y yo supimos lo agotador y desesperante de esa experiencia, y aun así nos mantuvimos firmes hasta que terminó la pesadilla.

​Ahora solo quedan secuelas. Sigo aprendiendo de lo vivido, de esta nueva oportunidad que tuve para amar la vida y a quienes merecen ser amados.

¡Estoy viva!

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