El hombre inventa futuros para no admitir que vive entre ruinas. Lo hace con la misma destreza con que inventa dioses, con que inventa un nombre para el olvido. Construye ciudades de mañana, calendarios de promesas, mapas donde el camino no se bifurca sino hacia la dicha; todo para no mirar a sus pies: allí están los muros que él mismo derribó, las palabras que ya no sirven, el ayer que se repite sin que nadie lo reconozca.

Cree que lo que vendrá borrará lo que fue. No comprende que el futuro también es una ruina que se anticipa, que toda esperanza es un monumento que se desmorona antes de alzarse. En la ilusión de un destino distinto, gasta la única vida que tiene: la que transcurre, ahora, entre los escombros que se niega a ver.

Quizá por eso los sueños son tan vastos: para cubrir la pequeñez y la desolación del instante. El hombre prefiere la sombra de lo que podría ser a la sustancia de lo que es, porque la sombra no pesa, no hiere, no exige. Inventa mañanas infinitas para no confesar que su reloj ya se detuvo.

Y sin embargo… ¿quién podría culparlo? Si la verdad es un desierto, la ficción es el único oasis que existe.

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