La libertad no se decreta: los tiranos siempre pierden la batalla invisible

La libertad no se decreta: los tiranos siempre pierden la batalla invisible

juanca47

07/10/2026

La libertad no se decreta: los tiranos siempre pierden la batalla invisible

El peso de las cenizas.

A la calle ya no se le veía la cara. Y no porque fuera de noche, sino por las cortinas de felpa azul y blanca —viejas y desteñidas por el sol—, que eran lo único que los tapaba de los ojos de los patrulleros. En la mesa de la cocina, oyendo a lo lejos el ruido del motor de un coche que patrullaba, tres pares de manos se arrimaban a una velita.

En las plazas del centro ya no quedaba nada. Hace semanas que quemaron las pancartas y dar una vuelta por la avenida daba un miedo que te hacía apretar el paso. Pero dentro de la casa, ese silencio servía para otra cosa.

Juan metió la mano en la chaqueta y sacó un libreto viejo, sobado por las esquinas. Si un soldado lo paraba en un control, solo iba a ver sumas, restas y lo que se gastaron en el mercado. Pero entre número y número, escritas flojito a lápiz para borrarlas rápido si hacía falta, estaban las coplas de los poetas que prohibieron en la radio el mes pasado.

—¿No nos van a oír? —preguntó Ana, colocándose el chal en los hombros y mirando de reojo al pasillo.

—No vamos a gritar —dijo Juan sin levantar la voz—. Solo a leer un poco.

Empezó a decir las palabras casi en un susurro. No decían nada de leyes ni de soldados; hablaban del mar, de la hierba que vuelve a crecer después de las heladas y del aire que cruza por los prados sin que nadie le pida el carné.

Ana cerró los ojos y soltó los hombros. Llevaba meses con una angustia clavada en el pecho. Les habían quitado las votaciones, los periódicos y hasta las ganas de hablar en la calle, pero nadie podía entrar a esa cocina a sacarle lo que se sabía de memoria. Eran versos viejos, de cuando el pueblo ya estaba ahí y todavía no se veía un solo uniforme por el centro.

De repente, pegaron un portazo al final de la calle y después arrancó un camión militar. En la mesa no se movió ni un alma. Juan cerró el cuaderno sin hacer ruido, levantó una tabla suelta del suelo con la uña y lo metió abajo, pegado al saco de las patatas.

Se quedaron mirándose a oscuras. Sin hacer teatro, con la rabia atragantada de siempre. El camión pasó de largo y los focos amarillos dieron un manotazo de luz en la ventana antes de perderse en la esquina.

Ana se acercó y apagó la vela de un soplo.

—Mañana seguimos —dijo.

En el plato quedó un punto rojo encendido entre la ceniza, aguantando la chispa para después.

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