A mi antiguo profesor lo volví a ver en un asilo de ancianos de Marianao. Fui dos veces. La primera, por pura solidaridad; la segunda, porque me pareció que estaba a punto de abandonar la vida.
Treinta años atrás había sido mi maestro de historia en cuarto grado. No olvido cómo llenaba la pizarra verde con los viajes de Colón. La tiza chirriaba y nosotros copiábamos a toda prisa porque Monzón, con una gracia torpe, avisaba:
—Ahora borro esta parte para seguir con la otra.
Tenía un andar pesado, casi cómico, y un apellido que sonaba a peligro.
Cuando lo encontré en el asilo, ya no quedaba mucho de aquel hombre gordo y seguro. Estaba flaco, consumido, como si el tiempo le hubiera ido sacando pedazos. Pero todavía conservaba aquella mirada del maestro que conocí.
No me habló de historia, sino de algo más extraño: sus viajes en el tiempo.
Lo dijo sin pena, sin miedo a parecer loco. Afirmó que había aprendido a regresar a su niñez. No era un sueño, insistió, sino un viaje verdadero. Había ido varias veces a ver a Pedrito, el niño que fue y que había olvidado durante décadas.
La primera vez fue una mañana de primavera.
Pedrito corría detrás de las mariposas en una pradera húmeda, olorosa a musgo.
El niño se asustó al verlo, pero enseguida lo reconoció.
—En ti me convertiré —dijo, con una tristeza que no parecía de niño.
Monzón trató de corregirlo.
—Todos crecemos —le susurró, como si temiera romper el encuentro.
Pero Pedrito insistió, casi gritando:
—Tienes que volver a ser niño.
Y noté que una risa infantil se dibujaba en la cara del anciano.
Dijo que desde entonces su vejez había quedado suspendida. Pedrito no aceptaba el futuro.
Después volvió a reír, una carcajada breve, como si viniera de alguien que ya no estaba del todo en este mundo. Se giró hacia la pared, se acomodó en su sillón y me preguntó:
—¿Quién tú eres?
No esperó respuesta.
Encontró un lápiz en el bolsillo de su camisa verde y empezó a jugar con él, haciéndolo girar entre los dedos como si fuera un trompo.
Yo lo miré durante un rato.
Afuera, un ómnibus pasó haciendo temblar los cristales.
Dentro, Monzón seguía jugando con su lápiz.
Y por un instante tuve la impresión de que aquel anciano ya no estaba allí, sino en algún lugar lejano, frente a un niño llamado Pedrito, que esperaba pacientemente su regreso.
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