EL RATÓN DE LAS SIETE DE LA NOCHE
Cuento de José Eugdaldo Díaz
Cierto día del mes de mayo del año del Señor apareció un ratón en mi casa. No era como los demás ratones que alguna vez había visto. Había algo extraño en él, algo que despertaba mi curiosidad.
Todas las noches, exactamente a las siete de la noche, aparecía en la sala. Caminaba tranquilamente de un lado a otro, como si conociera perfectamente la casa y supiera que aquel lugar también podía pertenecerle por unos minutos.
Lo más curioso era que parecía un ratón respetuoso. Nunca entraba en las habitaciones, nunca se acercaba a nuestras camas y jamás causaba destrozos. Simplemente recorría la sala buscando algo para comer y después desaparecía.
Una noche me levanté decidido a encontrarlo.
Busqué debajo de los muebles, detrás de las cortinas y en todos los rincones de la sala, pero no encontré ni siquiera el movimiento de una pequeña cola.
Entonces tuve una idea.
—Mañana te atraparé —dije.
Preparé una trampa y coloqué dentro un delicioso pedazo de queso.
A la mañana siguiente fui rápidamente a revisar mi invento.
La trampa seguía exactamente en su lugar.
Pero el queso había desaparecido.
—¿Cómo lo hiciste? —pregunté sorprendido—. ¿Cómo pudiste llevarte el queso sin caer en la trampa?
Aquello se convirtió en un desafío.
Coloqué otra trampa.
Después otra.
Y finalmente llené varios rincones de la sala con ellas.
Cada mañana sucedía lo mismo: la comida desaparecía, pero ninguna trampa conseguía atrapar al misterioso visitante.
Decidí entonces que aquella noche me quedaría despierto en la sala. Apagué las luces, me senté en silencio y esperé.
Dieron las siete.
Nada.
Las ocho.
Nada.
Las nueve.
El ratón no apareció.
Parecía como si supiera que yo estaba esperándolo.
Cansado, regresé a mi habitación.
Pasaron dos noches.
Entonces ocurrió algo que jamás olvidaré.
Mientras estaba acostado, escuché unas voces que provenían de la sala.
Al principio pensé que alguien había entrado en la casa. Me levanté con cuidado y caminé hacia la puerta.
Miré hacia la sala.
No había nadie.
Sin embargo, las voces continuaban.
Guardé silencio y escuché.
Para mi enorme sorpresa, podía comprender perfectamente lo que decían.
—Los humanos no nos comprenden —decía una pequeña voz—. Nosotros tenemos hambre igual que ellos. Sentimos dolor igual que ellos. Cuando ponen trampas y nuestras patitas quedan atrapadas, sufrimos. Algunos conseguimos escapar heridos y otros morimos allí. Y cuando uno de nosotros no regresa, también queda una familia esperando.
Sentí un escalofrío.
Nunca había pensado en aquello.
Para mí, hasta ese momento, un ratón había sido simplemente una criatura que debía desaparecer de la casa.
Pero aquella noche comprendí algo diferente.
Detrás de cada pequeña vida también podía existir hambre, miedo, dolor y el deseo de regresar con los suyos.
Volví lentamente a mi habitación y retiré todas las trampas.
Desde aquel día decidí dejar cada noche un poco de comida en un lugar apartado de la sala.
Nunca volví a intentar atraparlos.
Algunas noches, desde mi cama, escuchaba pequeños pasos.
Después todo quedaba en silencio.
La comida había desaparecido.
Así pasaron varios días.
Una mañana alguien llamó a la puerta.
Cuando abrí, encontré frente a mí a una niña que jamás había visto.
Su rostro parecía iluminado por la luz del amanecer y sus ojos transmitían una inmensa tranquilidad.
—Esto es para usted —me dijo mientras me entregaba una carta.
Antes de que pudiera preguntarle quién era, la niña sonrió y comenzó a caminar.
Abrí el sobre.
La carta decía:
«Gracias por la comida que dejaste cada noche.
Soy el Hada de la Compasión.
Durante estos días observamos tu corazón. Al principio querías atrapar a aquellos pequeños animales, pero fuiste capaz de escuchar su sufrimiento y cambiar.
Por eso quiero entregarte una promesa: mientras conserves la bondad y compartas lo que tengas con quien lo necesite, jamás faltará alimento para tu familia.
Gracias por comprender que los animales también sienten dolor, miedo y hambre.
Recuerda siempre que la grandeza de una persona no se demuestra solamente en la manera en que trata a quienes pueden ayudarla, sino también en la forma en que trata a las criaturas más pequeñas e indefensas.»
Levanté inmediatamente la mirada para buscar a la niña.
Ya no estaba.
Salí a la calle y miré hacia ambos lados.
No había nadie.
Aquella noche, cuando dieron las siete, dejé nuevamente un pequeño plato con comida en la sala.
Poco después escuché unos diminutos pasos.
Sonreí.
Desde entonces, cada vez que veo un animal buscando alimento, recuerdo al ratón de las siete y aquella misteriosa carta.
Porque aquella pequeña criatura entró en mi casa buscando comida…
pero terminó dejando algo mucho más importante en mi corazón:
la compasión.
Mensaje para la humanidad
Compartimos este mundo con millones de seres vivos. Algunos son grandes y otros tan pequeños que muchas veces pasan inadvertidos ante nuestros ojos. No pueden hablarnos con nuestras palabras, pero pueden sentir hambre, miedo y dolor.
La verdadera compasión comienza cuando somos capaces de reconocer el sufrimiento incluso en aquellos seres que consideramos insignificantes.
No siempre podremos evitar los conflictos entre las personas y los animales, pero sí podemos procurar soluciones que reduzcan el sufrimiento y respeten la vida.
Una sociedad verdaderamente humana no demuestra su grandeza únicamente por cómo trata a las personas, sino también por el respeto y la compasión que muestra hacia los seres más indefensos.
Fin
OPINIONES Y COMENTARIOS