Estoy paralizado en un tiempo sin tiempo, sufriendo una sensación no humana; como si, después de cruzar la línea de la vida conocida, viviera dentro de un polígono. Hay un profundo silencio, la luz es tenue y de matices cambiantes; tengo miedo y mi mente se llena de preguntas:
“¿Qué es la realidad? ¿Cómo llegué hasta aquí?”
Me siento como un componente de algo mayor que no comprendo, pero que puedo percibir.
Pasan los días. Al menos así lo creo, por mi antigua manía de contar las sucesiones del tiempo, y esto me confirma que alguna vez fui humano.
¿Pero cómo puede un humano convertirse en un punto?
Descubro, al fin, que estoy preso por voluntad propia. Dibujé un círculo y un punto. Coloqué el bosquejo sobre un caballete y me senté en posición de loto frente al esbozo. Me hice uno con el dibujo y dejé de ser yo.
Si entré, puedo salir —me reafirmo—. Alguien vendrá a ver el dibujo —lo visualizo—. Lo mirará, lo observará, y me haré uno con él. Es la única manera de emprender el viaje de regreso. Sé que tiene sus riesgos: ¿quién seré? ¿Regresaré siendo el mismo de antes o me convertiré en el nuevo objeto de mi meditación? ¿Terminaré siendo el otro?
Por fin llega alguien, arranca mi mundo de un tirón y lo arroja al cesto de basura. Es mi profesor de yoga. Mis sentidos se abren. Estoy en posición de loto; han pasado dos largas horas… Pero mi maestro me asegura que no medité.
—¡Se durmió! —me reprocha.
Pero sé que fui uno con el todo que elegí. Y me marcho a casa, aunque mi cerebro no se detiene: sigue elucubrando ideas, como si se hubiera abierto un portal hacia otras dimensiones.
Una ducha caliente me devuelve a mi zona de confort. Estoy aliviado; recojo del piso unos juguetes que los niños han dejado regados, me acerco a mi mujer, que, instalada en su cotidianidad, me mira con ternura, y la beso.
La brecha con las otras dimensiones se ha cerrado.
Soy uno con mi familia.
He vuelto al redil humano.
Nota: Este cuento fue escrito en La Habana em el año de 2003.
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