📌Nanatotoísmo político: del vacío al mal de Bierce

📌Nanatotoísmo político: del vacío al mal de Bierce

«Nanatotoísmo político: cuando ná é ná y tó é tó se convierten en amenaza democrática».

Por Julio González / Un Viandante

Nota de entrada para el lector

Este ensayo explora cómo dos expresiones populares —»ná é ná» y «tó é tó»— han pasado de ser frases coloquiales a convertirse en el reflejo de una cultura política que disuelve valores y neutraliza la ética pública. Lo que aquí llamo nanatotoísmo político no es un juego de palabras: es la radiografía de un vacío que amenaza la democracia dominicana.

Invito al lector a detenerse y mirar más allá de la superficie: desde la erosión doctrinal de los partidos hasta la deserción silenciosa de la militancia, pasando por el espectáculo mediático y el radicalismo identitario. Este texto no busca entretener, sino provocar reflexión.

Introducción: La cultura del relativismo criollo

En la orquestación cotidiana del habla popular dominicana, existen dos locuciones reduccionistas que funcionan como verdaderos axiomas sociolingüísticos: ná é ná (nada es nada) y tó é tó (todo es todo). Lejos de ser meras simplificaciones fonéticas o modismos coloquiales inocuos, ambas expresiones constituyen la destilación semántica de un marco ontológico profundo. Ná é ná postula el vaciamiento del acontecimiento, la minimización sistemática del agravio, la falta o la trascendencia; es la absolución automática frente al error o la corrupción. Por su parte, tó é tó
decreta la equivalencia universal de las cosas, diluyendo las fronteras entre el mérito y la mediocridad, entre la norma jurídica y la transgresión, entre la virtud republicana y la trampa utilitaria.

A lo largo de las últimas décadas, la República Dominicana ha atestiguado la migración de estas fórmulas desde la retranca cómica del cinismo informal urbano hacia el corazón mismo del sistema de conducta política e institucional. Lo que nació como una coraza sociológica contra la frustración histórica se ha sedimentado como la matriz epistemológica de la gestión pública y la vida partidaria.

Conceptualizamos esta condición como Nanatotoísmo político. El fenómeno representa la disolución progresiva del valor ético e ideológico y la neutralización sistemática del juicio normativo en el espacio público. Es vital diferenciar el nanatotoísmo del nihilismo clásico. Mientras que el nihilismo tradicional —de estirpe europea— entraña un acto dramático y a menudo trágico de destrucción del sentido, una confrontación bélica contra los ídolos de la metafísica o la moral, el nanatotoísmo opera mediante una estrategia infinitamente más corrosiva: la disolución por aplanamiento. No combate los valores ni los destruye con furia iconoclasta; simplemente los iguala, los vuelve indiferentes, los metaboliza hasta convertirlos en ruido de fondo. Bajo la dictadura del nanatotoísmo, la política no pierde el sentido por un colapso estrepitoso, sino por un proceso de invisibilización estropajosa donde la gravedad de la conducta ética queda abolida.

El nanatotoísmo, como categoría crítica, no nace de la nada. Fue primero nombrado por Sara Pérez, quien lo destiló de la frase criolla “ná é ná y tó é tó” para retratar la resignación cotidiana; más tarde, José Luis Taveras lo llevó al terreno político en sus columnas, mostrando cómo esa indiferencia se infiltraba en la vida pública y corroía la ética democrática. Mi lectura se suma a esa tradición, pero la desplazo hacia lo que llamo nanatotoísmo político: un vacío doctrinal que, unido al “Mal de Bierce” —la deserción silenciosa de la militancia—, abre paso tanto al circo mediático como al refugio autoritario de los dogmas identitarios.

I. El vacío de la política: Erosión doctrinal y pragmatismo resignado

La génesis del nanatotoísmo político se encuentra estrechamente ligada al eclipse de los grandes horizontes doctrinales dentro de las organizaciones políticas tradicionales de la República Dominicana. Históricamente, el sistema de partidos local estuvo estructurado —al menos en su relato fundacional y en el esfuerzo formativo de figuras señeras del siglo XX— alrededor de proyectos de nación definidos, debates ideológicos sustantivos y escuelas de formación política destinadas a moldear la conciencia crítica de sus cuadros.

Hoy en día, la formación ideológica ha sido reemplazada casi en su totalidad por un tecnocratismo desalmado o por un pragmatismo electoralista de corte mercantil. Las escuelas de formación de los partidos yacen clausuradas o convertidas en cascarones burocráticos. La discusión sobre el modelo de desarrollo, la justicia distributiva o la soberanía institucional ha sido desplazada por la contratación de consultores de imagen, la lectura de grupos focales y el cálculo algorítmico de votantes potenciales.

Esta sustitución del ideario por el marketing produce una percepción de homogeneidad absoluta entre las ofertas partidarias. Si todas las siglas proponen variaciones mínimas de un mismo modelo de administración cliente-patrón, si el lenguaje de la izquierda y de la derecha ha sido depurado de todo filo crítico para no indisponer a los poderes fácticos, la consecuencia lógica en la mente ciudadana es la constatación pragmática del tó é tó: da igual quién gobierne, pues la naturaleza del poder permanece inalterada.

Las repercusiones sociológicas de esta erosión doctrinal son numéricamente medibles y socialmente devastadoras. Las encuestas de opinión y los estudios sobre cultura política reflejan de manera persistente tres síntomas inequívocos:

Un abstencionismo electoral estructural que ya no se explica por fallas logísticas, sino por el desinterés consciente.

Una apatía ciudadana generalizada hacia la deliberación pública.

Una desconfianza abismal hacia la institucionalidad democrática.

La política ha dejado de ser vista como el espacio de la transformación colectiva para transformarse en un trámite puramente transaccional. El voto se despoja de su dimensión de soberanía y se convierte en una divisa de cambio inmediato: se vota por la prebenda puntual, el empleo contingente o el favor personal, consolidando así el imperio de un pragmatismo resignado donde la fe en el bien común ha sido definitivamente erradicada.

II. El «Mal de Bierce»: La deserción silenciosa de la militancia

En el año 1913, el escritor, periodista y satírico estadounidense Ambrose Bierce, atormentado por sus viejas heridas de la Guerra Secesión y hastiado de la hipocresía social de su tiempo, cruzó la frontera hacia un México convulsionado por la revolución. Antes de partir, dejó tras de sí cartas que sugerían su firme intención de desaparecer sin dejar rastro. Nunca más se supo de él. El «Mal de Bierce» designa precisamente eso: la decisión deliberada, lúcida y silenciosa de cruzar la frontera de un territorio para no regresar jamás; una deserción sin aspavientos, sin pronunciamientos ruidosos, guiada por el convencimiento de que el espacio abandonado carece ya de todo remedio o sentido.

Trasladado al análisis sociopolítico, el «Mal de Bierce» describe con aterradora precisión la dinámica contemporánea de los partidos políticos dominicanos. No asistimos a grandes divisiones doctrinarias ni a renuncias espectaculares motivadas por debates de principios; lo que presenciamos es la evasión silenciosa de la militancia.

El cuadro político tradicional ha mutado en la figura del fantasma orgánico. Dirigentes de vasta trayectoria, intermedios y militantes de base continúan figurando en los padrones orgánicos, acuden mecánicamente a las convocatorias formales y cumplen con los rituales burocráticos del partido. Sin embargo, en su interior se ha producido una desconexión terminal: han retirado su convicción, su ética y su mística. Operan bajo una permanente huelga de «brazos caídos». Ocupan un lugar físico en la estructura, pero su espíritu político ha cruzado la frontera de la apatía; se han ido a su propio México mental, dejando a las organizaciones habitadas por sombras.

El impacto institucional de esta desmovilización ética es catastrófico. Las estructuras partidarias se mantienen en pie como envoltorios organizativos vistosos —poseen locales, siglas, presupuestos estatales e hipertrofiadas secretarías—, pero carecen por completo de sistema nervioso central. Al perder la energía ética de sus miembros, los partidos pierden su capacidad de intermediación social y su arraigo en las comunidades real y genuinamente organizadas, quedando reducidos a maquinarias electorales huecas que solo se reactivan mediante la inyección masiva de capital financiero durante los periodos de campaña.

III. La irrupción disruptiva: Espectáculo mediático y radicalismo identitario

El espacio público es una dimensión que aborrece el vacío. Cuando los partidos políticos tradicionales abdican de su función pedagógica, del debate ético y de la construcción de ciudadanía, la vacuidad dejada por el nanatotoísmo es tomada por nuevas fuerzas e inteligencias que operan bajo dinámicas radicalmente alejadas de la tradición republicana.

La política como entretenimiento y consumo de atención

En primer lugar, presenciamos la irrupción aplastante del espectáculo mediático y la farandulización de la esfera pública. En una sociedad donde ná é ná y tó é tó, la discusión presupuestaria o la reforma del sistema de salud resultan áridas y carentes de atractivo frente al estímulo dopaminérgico de la plataforma digital. Figuras de la plataforma de entretenimiento de masas, como la plataforma de Alofoke Media Group o exponentes del género urbano como Rochy RD, no representan anomalías del sistema, sino la consecuencia natural de un ecosistema que ha degradado la política a la categoría de mero espectáculo comercial.

La política se reconvierte en consumo de atención. La legitimidad ya no se mide por la solidez de las propuestas ni por la trayectoria de servicio, sino por los índices de audiencia, los algoritmos de las redes sociales y la capacidad de generar tendencia (trending topic). El debate de ideas es sustituido por la provocación calculada, y la figura del líder político cede su lugar a la del generador de contenido.

El outsider irreverente y el desmantelamiento de la intermediación

En esta misma línea de sustitución emerge la figura del outsider irreverente, personificada en plataformas de opinión radical como la encarnada por El Piro (Somos Pueblo). Esta tipología de comunicación política se nutre de la indignación popular justa, pero la procesa a través del lenguaje del encasillamiento y la desacreditación indiscriminada. Su éxito estriba en que encarna a la perfección la lógica del tó é tó: al postular que toda la clase política es intrínsecamente corrupta y que las instituciones son irremediables, se desmantela de un plumazo la necesidad de la intermediación partidaria y de la deliberación técnica. La crítica política se reduce al ajuste de cuentas, al juicio sumario en redes y a la catarsis colectiva, prescindiendo de cualquier esfuerzo por construir alternativas de gobierno viables.

El refugio del absolutismo identitario

En el extremo opuesto del espectro, pero respondiendo exactamente al mismo vacío ético e ideológico, emergen movimientos de corte ultraconservador, ultranacionalista o excluyente, cuya máxima expresión organizativa la constituye la Antigua Orden Dominicana.

Frente a la deriva del nanatotoísmo —donde nada importa y todo vale lo mismo—, la ciudadanía desorientada experimenta una angustia existencial frente a la falta de certezas. La Antigua Orden Dominicana y agrupaciones análogas aprovechan este desconcierto para ofrecer justo lo contrario: certezas absolutas, dogmáticas, identitarias y excluyentes. Donde el sistema político ofrece una masa amorfa de discursos idénticos, el radicalismo identitario ofrece una narrativa épica de salvación, la delimitación clara de un enemigo externo o interno (el inmigrante, el organismo internacional, el disidente) y un sentido de pertenencia basado en la confrontación.

Estos movimientos no son la antítesis del nanatotoísmo; son su síntoma complementario. Nacen de la desesperación ante el vacío: cuando la política pierde su sustancia ética y su compromiso con la verdad, la sociedad oscila pendularmente entre la burla circense del entretenimiento y el refugio autoritario de los dogmatismos identitarios.

IV. Síntesis y perspectiva: El riesgo democrático del nanatotoísmo

El horizonte sociopolítico dominicano se encuentra en una encrucijada crítica. El vacío doctrinal de las organizaciones tradicionales, la deserción silenciosa expresada en el «Mal de Bierce» y la irrupción disruptiva de las plataformas del espectáculo junto al radicalismo identitario no deben interpretarse como fenómenos aislados o coyunturales. Son, en realidad, tres dimensiones convergentes de una misma crisis estructural: la consolidación del nanatotoísmo como régimen de existencia colectiva.

Existe una articulación causa-efecto perfectamente rastreable entre estos tres vértices:

La renuncia de los partidos a ser agentes de formación ética e ideológica genera una masa crítica de militantes escépticos.

Dichos militantes, presas del «Mal de Bierce», abandonan la vida partidaria desde dentro, convirtiendo a las instituciones en cascarones vacíos.

Ese inmenso espacio público deshabitado es colonizado inmediatamente por la lógica del mercado del entretenimiento o por la tentación autoritaria del dogma exclusivista.

El riesgo a largo plazo para la democracia dominicana es de una gravedad extrema. Una sociedad educada en la premisa implícita de que ná é ná y tó é tó es una sociedad inerme. La apatía generalizada y el triunfo del relativismo absoluto no producen paz social; producen la antesala del colapso institucional. Cuando el ciudadano común concluye que la ley no tiene valor, que la corrupción da igual y que la política es solo un circo de ambiciones personales, se quebranta el pacto de convivencia republicana. La democracia se vuelve entonces sumamente vulnerable a la aventura autoritaria, al caudillismo mesiánico o al gobierno de las oligarquías económicas que operan sin ningún tipo de contrapeso ético o popular.

Frente a este panorama, la tarea urgente de la inteligencia crítica y de la reserva moral de la nación consiste en nombrar el mal para poder combatirlo. Es imperativo desmantelar la resignación implícita en la cultura del nanatotoísmo. Esto exige una acción decidida en tres frentes fundamentales:

La recuperación de la mística política, entendida no como fanatismo ciego, sino como el compromiso innegociable con el servicio a la comunidad y la defensa intransigente de los bienes comunes.

La reinstauración de la ética pública, que devuelva a la conducta de los servidores de la patria la gravedad, la responsabilidad y la rendición de cuentas que el relativismo criollo les ha arrebatado.

La rehabilitación de la deliberación política sustantiva, rescatando el debate de ideas por encima del marketing, del espectáculo chabacano y del fanatismo excluyente.

Derrotar el nanatotoísmo implica volver a afirmar con contundencia cívica que nada no es nada cuando se trata de la dignidad humana y los derechos republicanos; y que todo no es todo, porque en el ejercicio de la vida pública la honestidad jamás podrá valer lo mismo que la corrupción, ni la apatía podrá jamás sustituir el deber insoslayable de la ciudadanía.

Epílogo para el lector

El nanatotoísmo no es un concepto abstracto: es la sombra que ya habita nuestras instituciones y la rutina que corroe la esperanza ciudadana. Nombrarlo es el primer acto de resistencia. Leerlo es el segundo. El tercero —y más urgente— es decidir si seguimos cruzando la frontera del «Mal de Bierce» hacia la apatía, o si recuperamos la mística de la política como servicio.

La elección no es entre ná é ná y tó é tó. La elección es entre resignarnos al vacío o atrevernos a reconstruir el sentido.

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