Llueve.
Y hay nombres que regresan
sin pedir permiso,
como la humedad
en las paredes de una casa vacía.
No sé si esto es un final
o apenas una puerta cerrada
por demasiado miedo.
Hay preguntas
que ya no puedo hacer,
y un silencio
que aprendí a respetar
aunque todavía duela.
Pero quizá el verdadero final
no sea perder a alguien,
sino seguir perdiéndome
por miedo a que me vean.
¿Cuándo voy a dejar
de esconder las partes de mí
que más necesitan ser amadas?
¿Cuándo voy a soltar
esta costumbre de huir
antes de que alguien pueda irse?
Quizá algún día.
Quizá después de tanta lluvia
me anime a abrir la puerta.
A dejarme mirar.
A dejarme querer.
A darme una oportunidad
sin pedirle al amor
que me prometa eternidad.
Y si esto termina aquí,
que termine.
Hay cosas que no vuelven
y aun así nos enseñan
el camino de regreso a nosotras.
Por ahora,
dejo la historia donde está.
Que el tiempo decida
si era despedida
o apenas una pausa.
Yo, mientras tanto,
voy a aprender
a no tenerle miedo
a ser vista.
Y quizá entonces descubra
que todavía puedo amar
sin desaparecer
en el intento.
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