Durante sesenta años viví en una ciudad que, más que un lugar, conformó mis costumbres. Las calles, las voces, las rutinas que me acunaron con un sueño repetido. Las lluvias, el olor al mar, el sol radiante y los ecos de la infancia.
Una mañana, sin embargo, la abandoné. Fue un acto deliberado porque la ciudad, con sus algarabías me llevó al destierro.
Subí a un avión que avanzaba con la indiferencia de los artefactos modernos. Mi esposa dormía a mi lado y estaba nerviosa; yo, en el asiento, era un torbellino de pensamientos que se contradecían constantemente.
Una inquietud me aseguraba que no volvería jamás. Otro, más pragmático, celebraba la fuga como quien celebra una victoria. Pero también llegaban el miedo, la tristeza, el escalofrío: una procesión de emociones que parecían disputarse mi tranquilidad. Pasaron veinte años.
Ahora vuelo en sentido inverso, como quien intenta reencontrase. Regreso a la ciudad que fue mi patria íntima. El avión desciende. Mi esposa murió en el exilio. Camino solo. Y descubro que la ciudad no está.
O mejor dicho: hay algo, pero no es ella. Es una simulación, una máscara que imita a la otra sin lograrlo. La esquina del parqué —que en mi memoria era un ángulo preciso,— ahora es circular—. Donde hubo una casa, hay un solar vacío. Donde monté por primera vez la bicicleta verde, hay una cafetería sin historia, sin infancia. Me detengo. No entiendo.
¿Dónde está la ciudad?, me pregunto, aunque sé la respuesta.
La ciudad existe solo en mis memorias.
La ciudad real murió hace años, el mismo día en que yo la abandoné. Sucumbió sin ceremonias y sin llantos; sin testigos. Como mueren las ficciones olvidadas.
La ciudad que ahora camino no es la mía. No me pertenece. No me reconoce. Y yo, que he vuelto buscando un eco, descubro que el eco está solo en mi cabeza.
Y, como todas las cosas que se lleva el tiempo, no puedo resucitarla. Solo puedo recordarla, que es la forma más cruel de mantener vivo lo que ya no existe.
OPINIONES Y COMENTARIOS