No sé cuándo llegó. Quizás fue progresivo, pero sentí cómo un pensamiento propio se desprendía impetuosamente de mí y me abandonaba. Llevaba días enteros sin dormir. Pensé en el pomo plástico de melatonina, aunque sabía perfectamente que las pastillas ya no me servían de nada.

Siempre he tenido la idea de que el sueño funciona como un transportador dimensional. El problema, claro, es saber cruzarlo. Así que, con el fastidio de quien se sabe derrotado contando ovejas, recurrí a un mantra que inventé sobre la marcha. Después de todo, siempre he sido más de ideas que de pastillas.

Me dije:

«Hipnos, dueño absoluto de lo onírico, sácame del mundo donde yazgo y llévame al tuyo».

Lo repetí. Una, dos, cien veces. Hasta que la frase dejó de sonar en mis oídos.

De pronto estaba caminando por un corredor largo, casi sin luz, pero lleno de sombras humanas que avanzaban a mi lado. Al fondo de aquel pasillo aguardaba Hipnos.

No tenía una edad predecible. No era joven, pero tampoco viejo. Se reducía a una vaguedad densa, indescriptible. Me miró. Sus ojos no tenían la insolencia de los vivos.

—Has venido al lugar donde los sueños se ordenan para después soñarse —dijo sin mover los labios.

Su voz era más bien una idea instalándose en el fondo de mi propia mente.

—¿Por qué me ayudas? —le pregunté.

—Porque eres un hombre que sospecha —respondió.

Me senté sobre un muro de piedras. En ese instante me golpearon muchos recuerdos: palabras que ya no significaban nada, rostros ajenos que solo me había cruzado una vez en la vida.

—¿Y la muerte? —solté de golpe.

Hipnos sonrió. Fue una mueca de absoluto desgano.

—No es el final —dijo, casi deletreando las palabras—. Es otra forma de sueño.

Hizo una pausa.

—Los hombres despiertan al morir, ¿sabes? La vigilia es un sueño que ustedes llaman realidad; la muerte es un sueño que ustedes llaman fin. Ambos son errores de léxico.

—¿Estoy muerto? —pregunté.

Un miedo arcaico me apretó el estómago.

Hipnos negó con suavidad.

—No. Pero estás cerca de comprender que la diferencia es mínima.

Entonces dijo:

«La vigilia es un sueño compartido; la muerte, un sueño privado».

Noté que el muro de piedras comenzaba a disolverse en niebla. El rostro de Hipnos también empezó a perder sus contornos.

Abrí los ojos de golpe en mi habitación con el pulso acelerado.

Estaba despierto.

Pero todavía, meses después, tengo la certeza de que él continúa ordenando nuestros recuerdos cada noche.

Porque, después de todo, fuimos nosotros quienes lo inventamos para no habitar el vacío.

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