
Por: Julio González / Un Viandante
En la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, el escritor Juan Sasturain evocó un concepto tan satírico como lúcido: el «Mal de Bierce». En honor al cáustico autor estadounidense Ambrose Bierce, lo definió como “la paulatina e irreparable pérdida de la vergüenza”. Quien lo padece deja de registrar sus contradicciones, desestima sus incumplimientos y actúa desde una arrogancia desconectada de la realidad.
Si trasladamos esta metáfora a la vida interna de los partidos, el paralelismo es trágico: las direcciones medias y bajas sufren agotamiento extremo para sostener a quienes, en la cúspide, padecen crónicamente el Mal de Bierce.
El descaro arriba, el desgaste abajo
El burnout de la militancia territorial no surge solo de la carga física de movilizar padrones, fidelizar votos o coordinar logística con recursos mínimos. El detonante es la disonancia moral: la brecha entre el esfuerzo entregado y la expectativa postergada.
La alta dirigencia, inmunizada por el Mal de Bierce, exige sacrificios desmedidos y lealtades ciegas sin pudor por las promesas incumplidas. El cuadro local, en cambio, sí debe dar la cara ante sus vecinos, absorber la vergüenza ajena y cargar con las expectativas rotas de la base.
Dos formas de vaciar la política
En la cúspide, el Mal de Bierce vacía la política de ética, sustituyendo la coherencia por pragmatismo descarado.
En la base, el burnout vacía la política de fuerza humana, obligando al militante a enfriar su entusiasmo y adoptar un cinismo defensivo para sobrevivir.
Ese escepticismo criticado en las direcciones medias no es traición, sino coraza: la única defensa ante una dirigencia que exige la mística que ya no practica.
El imperativo de la dignidad
Un proyecto político moderno no puede sostenerse sobre el desgaste crónico de su capital humano. Las convenciones internas son necesarias, pero no deben convertirse en trituradoras de la dignidad de los cuadros locales.
Sanar las estructuras partidarias exige introspección. No basta con exhibir padrones digitales; urge restaurar el equilibrio ético. La alta dirigencia debe curarse de la soberbia del Mal de Bierce y reconocer que el respeto y la atención a las bases son el único antídoto contra el burnout que amenaza con apagar el motor vivo de la política territorial.
OPINIONES Y COMENTARIOS