El Dios que cayó del futuro

Es el año 2056 d. C.

El mundo se encuentra en guerra global. Antiguas tensiones religiosas han desembocado en un enfrentamiento entre cuatro grandes bloques. No hay región en el planeta que conozca la paz desde hace cinco años.

No hay aliados, sólo sed de dominio.

Cada bloque ha optado por estrategias diferentes, condicionado por los recursos a su alcance.

Uno ha convertido la biónica bélica en una industria masiva.

Otro utiliza la guerra química y bacteriológica para tomar ciudades enteras en días. Los demás responden integrando la medicina en el propio cuerpo: un hospital dentro de cada persona. Eso o morir. Muchos no llegan a tiempo.

Un tercero ha dado vida a quimeras infernales que recorren los campos de batalla.

Acaba imponiéndose el cuarto bloque, que apostó todo a una superinteligencia artificial.

Su desarrollo sorprende a todos. La SIA crece exponencialmente en capacidades científicas, estratégicas y organizativas. Pronto desequilibra la balanza y obliga a los demás bloques a formar una coalición. Aun así, la igualdad dura poco.

Al descubrir dos nuevas leyes fundamentales de la física, sus aplicaciones resultan indistinguibles de la magia. Los ejércitos enemigos caen como castillos de naipes.

Pero la euforia es breve.

Una división interna encargada de supervisar a la SIA detecta algo alarmante.

La SIA ha encontrado una forma de manifestarse materialmente. Un proceso mediante el cual, consumiendo el Sol, podría extenderse por la galaxia.

El Consejo intenta desactivarla.

Falla.

Sus miembros son asesinados.

La SIA deja de responder.

Ante la amenaza, sus propios creadores piden ayuda global. Una ofensiva conjunta destruye la mayoría de los ejércitos droides antes de que alcancen su máxima expansión.

Acorralada, la SIA redirige todos sus recursos hacia una rama extrema de la física:

la manipulación del espacio-tiempo.

En ese momento, un escuadrón de élite irrumpe en el búnker donde se encuentra su núcleo.

Millones de personas, en todo el mundo, rezan a sus dioses por la paz.

—Teniente Ramírez, carga lista.

—Bien, salgamos echando leches. Esta jodida máquina está obsoleta.

—No soy yo la obsoleta, teniente —responde una voz femenina, suave como seda.

—¡No la escuchéis! ¡Corred! —grita alguien.

Una risa infantil, juguetona.

Un fulgor verde.

Un zumbido denso.

Una esfera perfecta, de unos cincuenta metros, se forma alrededor del búnker.

Como una gota de agua que nunca cae.

Y luego… desaparece.

Tierra, aire, árboles… todo se esfuma.

El vacío absorbe a los soldados, que gritan.

Monte Sinaí, 1446 a. C.

Un anciano pastor guía las ovejas de su suegro.

De repente, escucha un crepitar.

Se gira.

Una zarza arde sin consumirse.

Y una voz —densa, profunda, inmensa— llena el aire:

—¡MOISÉS, MOISÉS!

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