Morir vestido de azul.
Sentir el aire frío
justo debajo de la nariz,
sobre el labio superior.
Apretar los puños,
como si así pudiera confirmarse
a la propia conciencia
que todavía se está vivo.
Repasar los recuerdos,
saltando cuidadosamente
los que avergüenzan.
Otear el aire solitario
alrededor,
buscar en él alguna señal,
alguna presencia,
y constatar que se muere
en medio del desinterés,
en la más absoluta intrascendencia.
Agudizar el oído.
Y recibir solamente
el silbido del silencio.
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