No profeso religión alguna, pero no he vivido de espaldas a ellas en la isla, pues sus manifestaciones no se esconden, se manifiestan con mucha naturalidad. En mi infancia veía pasar a hombres y mujeres vestidos de blanco, un blanco que era su símbolo. Mi madre me llevaba de la mano, apretando los dedos cada vez que cruzábamos a un hombre vestido enteramente de blanco. “Son santeros”, susurraba, y en su voz no había miedo, sino el eco de un respeto antiguo. Crecí esquivando esas miradas. Con los años, cuando mi mirada fue más curiosa, descubrí otros personajes: hombres que llevaban en la mano izquierda una pulsera verde y amarilla, un verde que parecía de selvas remotas. Eran los babalaos, sacerdotes mayores.

Un día, Joaquín, mi amigo de la infancia, me anunció que su novia celebraría el primer año de haber “hecho santo”.

Te invito —me dijo—, con la alegría de quien abre una puerta hacia un territorio inexplorado.

Consulté a mi padre, hombre pragmático, que conocía sin practicar los misterios de las calles. Me aconsejó no beber alcohol y mantener un perfil bajo, como si supiera que en ciertos espacios lo prudente es una forma de protección.

El sábado comenzó con toques de tambor que pretendían convocar no solo a los presentes, sino a los muertos, a los dioses.

El aire en la sala era espeso, saturado por el olor a miel y el sudor de los cuerpos. El tambor no se escuchaba en los oídos, se sentía en el estómago. Rompí el consejo de mi padre casi al llegar: acepté un vaso de ron que quemaba la garganta, sintiendo que si no bebía, la densidad de ese sueño colectivo me tragaría vivo.

Mariela bailaba en el centro. Tenía a Oshún en la cabeza y sus ojos, al cruzarse con los míos, me parecieron ausentes. Fue esa mirada la que me hizo retroceder hacia la esquina oscura de la cocina, buscando refugio. Fue allí donde quedé atrapado entre las voces de Rosa y Asunción.

Mientras tanto, las señoras mayores, todas vestidas de blanco, se movían con la soltura de las sacerdotisas. Los hombres parecían guardianes de un templo.

Yo, obedeciendo a mi padre, permanecí en silencio. Fue entonces cuando escuché la conversación que aún hoy me acompaña como un enigma.

—Oshún está enamorada de tu marido —soltó Asunción. Lo dijo con la firmeza de quien dicta una sentencia de muerte. El estruendo de un tambor batá ahogó la respuesta de Rosa, pero vi sus ojos abrirse, no con sorpresa, sino con la certeza de una confirmación temida. Se inclinaron una hacia la otra, las sombras de sus collares amarillos danzando en la pared… Rosa hablaba con resignación, como si supiera que en su hogar no solo convivían dos personas, sino dos entidades. Rosa acentuó: —Siempre lo sospeché. Esa diosa es muy enamorada.

Asunción asintió:

A mí me pasó lo mismo. Pero Alberto, el babalao, me enseñó un remedio infalible.

Se inclinó hacia Rosa, como si fuera a revelar una fórmula que podría alterar el destino:

En una jícara pones abundante miel de abeja. Le echas pétalos de rosa amarilla y unos granitos de maíz tostado. Lo cubres con un mantel amarillo… y le pides a Oshún que obligue a tu marido a fijarse solo en ti.

Rosa escuchaba con devoción, como si cada palabra fuera un conjuro.

Esa obra debes mantenerla tres años —concluyó Asunción—. No te puedes fiar. Oshún es caprichosa.

Rosa la abrazó emocionada. Había encontrado un remedio no para el hombre, sino para la diosa que lo reclamaba.

Cuando regresé a casa, le conté todo a mi padre. Él me escuchó con la calma de quien ha visto muchas veces la frontera entre lo real y lo aparente.

—¿Y no tomaste alcohol? —preguntó al final, esbozando esa sonrisa de quien ya regresó de todos los misterios.
Negué con la cabeza, mintiendo a medias. Era su manera de recordarme que en Cuba los dioses intervienen en la vida de los hombres, pero los hombres deben cuidar de sí mismos. Sin embargo, al irme a la cama esa noche, juraría que mis manos aún olían a maíz tostado y miel fresca.

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