Seguimos en el debate, desarraigo y humanismo, qué nos dice el efecto Flynn inverso

Seguimos en el debate, desarraigo y humanismo, qué nos dice el efecto Flynn inverso

“El día en que el poder del amor supere al amor al poder, el mundo conocerá la paz.”
― Mahatma Gandhi

Hay una densa sombra que augura que el hombre moderno no es capaz de armonizar sus pensamientos con sus impulsos emocionales y se convierte, así, en un lobo para sí mismo. El hombre es, en no pocas ocasiones, un depredador de sí mismo, ¿Qué es el hombre para los demás? “el hombre es un lobo para el hombre, y no un hombre, cuando no conoce quién es el otro”, Tito Maccio Plauto (254 a.C.-184 a.C.). Se supone que a medida que la sociedad avanza -en el tiempo espacio- va de viento en popa en materia de desarrollo simétricamente pero, puede que las cosas no sean así.

Durante casi cincuenta años, entre 1930 y 1980, cada generación superó a la anterior en las pruebas estandarizadas de inteligencia. El fenómeno recibió el nombre de su descubridor, el investigador neozelandés James Flynn, y se convirtió en una de las pocas certezas cómodas del siglo XX; mejor nutrición, mejor escolarización, más estímulo cognitivo, más coeficiente intelectual.

Hoy, en varios países desarrollados, la tendencia se ha frenado o incluso se ha invertido. El dato merece atención, pero no certifica para declarar que la humanidad se volvió idiota o quizás sí.

“La vida no tiene sentido a priori… Depende de ti darle un sentido, y el valor no es más que el sentido que tú eliges.”
— Jean-Paul Sartre

No se trata de que las nuevas generaciones sean genéticamente inferiores nadie sensato sostiene eso pero, todo lo quieren a lo inmediato porque esto se debe a una construcción de hiper conexión y exceso de información. Se trata de un entorno cognitivo que cambió de dirección. El razonamiento abstracto, la comprensión lectora profunda y la memoria de trabajo son músculos, y como todo músculo se atrofian sin uso. La sustitución de la lectura sostenida por el scroll fragmentado, la sustitución de la memoria por la búsqueda instantánea y la sustitución de la conversación por la notificación han producido cerebros entrenados para la reacción, no para la reflexión.

Conviene ser claros, nadie ha demostrado que el teléfono móvil, TikTok o la inteligencia artificial sean, por separado, la causa del descenso. Lo que sí está documentado es el crecimiento de ciertos patrones de uso problemático. La OMS informó que, entre adolescentes de 44 países y regiones, el uso problemático de redes sociales pasó del 7% en 2018 al 11% en 2022; además, un 12% presentaba riesgo de juego problemático [Organización Mundial de la Salud, Oficina Regional para Europa (2024). “Teens, screens and mental health”]. La misma fuente reconoce que las redes pueden brindar apoyo y conexión. El problema no es la tecnología en abstracto, sino un diseño económico que convierte la atención en mercancía y la recompensa inmediata en hábito. Ahí estriba el dilema, la sociedad se esta idiotizando por muy peyorativo que suene, es asunto del bombardeo de estímulos que se reciben sistemáticamente, recordemos que, los estímulos son señales sensitivas, motoras y cognitivas que se envían hacia una parte en específico del organismo, con el fin de esperar una respuesta por parte del cerebro o del órgano de destino.

En este caso muy particular, los estímulos cognitivos son aquellos que trabajan directamente con los centros superiores del sistema nervioso central, es decir trabajando el pensamiento, lenguaje, lógica, matemática, entre otras más.

“Un humanismo bien ordenado no comienza por sí mismo, sino que coloca el mundo delante de la vida, la vida delante del hombre, el respeto por los demás delante del amor propio.” 

—Claude Lévi-Strauss (1908–2009)

Entonces, ¿Qué nos está pasando?, este declive no es una falla biológica; es un síntoma de nuestro entorno sociológico y psicológico. Hemos construido una sociedad que atrofia deliberadamente el cerebro. Nuestra salud mental se desmorona bajo el peso de un ecosistema digital diseñado para enganchar, no para nutrir. Hemos sustituido la lectura reposada y el rigor del pensamiento crítico por la gratificación instantánea del scroll infinito.

En la dictadura del espectáculo, el entretenimiento rápido ha desplazado a la reflexión profunda. El deterioro cognitivo no llega solo. Llega acompañado de ansiedad, insomnio adolescente y una incapacidad creciente para tolerar el aburrimiento, ese estado incómodo pero fértil en el que solía nacer la creatividad. Las plataformas digitales no fueron diseñadas para informar ni para conectar, fueron diseñadas para retener, y retener significa explotar los mismos circuitos de recompensa que explota cualquier sustancia adictiva. Llamar «uso de pantallas» a lo que en muchos jóvenes funciona como una dependencia conductual es, cuando menos, una cortesía excesiva hacia la industria que la produce.

“Para cultivar las humanidades es necesario desarrollar habilidades específicas como; el examen crítico de uno mismo y de las propias tradiciones, la capacidad de vernos como ciudadanos del mundo, vinculados a otras personas por lazos de mutua preocupación”.

—Martha Nussbaum

Ese mismo entorno es terreno fértil para la desinformación. Una mente entrenada para el titular y no para el argumento es una mente vulnerable al bulo, al sesgo de confirmación empaquetado en video corto y a la manipulación algorítmica que premia la indignación por encima de la exactitud. El espectáculo lo devora todo, hace metástasis en nuestra mente, la política se vuelve contenido, la tragedia se vuelve tendencia, y el pensamiento crítico -que exige tiempo, silencio y esfuerzo- pierde sistemáticamente frente al estímulo inmediato.

Veamos en retrospectiva, “según Rousseau, el ser humano, en su estado natural, primitivo, es bueno, compasivo, y solo se pervierte en contacto con los males y vicios de la vida social. De ahí que hiciese una defensa a ultranza de lo que él llamó «el buen salvaje», contrariando corrientes de pensamiento opuestas que ya habían sido ampliamente difundidas”. Pablo Crezal

Sobre este terreno ya erosionado llega la inteligencia artificial generativa, y aquí conviene ser preciso en lugar de alarmista. La IA no es la causa original del efecto Flynn inverso; el fenómeno ya estaba en marcha antes de que existiera Gemini. Pero puede ser su acelerador más eficiente. Investigaciones recientes, entre ellas un estudio del MIT que comparó a personas que resolvían tareas con IA, con internet sin IA, y sin ninguna herramienta, mostraron mediante imágenes cerebrales una menor activación cognitiva en quienes delegaban el pensamiento en la máquina. Delegar tareas rutinarias descarga la mente; delegar tareas de pensamiento la apaga.

El efecto Flynn inverso no es un dato curioso para conferencias de psicometría. Es el síntoma medible de una sociedad que cambió profundidad por velocidad, comprensión por reacción y esfuerzo por comodidad. La salud mental se resiente, la desinformación prospera, el espectáculo sustituye al argumento, y la educación -la institución diseñada precisamente para revertir esta tendencia- duda entre difamar la herramienta más poderosa de la época o aprender, con honestidad y sin dobles discursos, a convivir con ella.

La inteligencia artificial no decidirá por nosotros si seguimos descendiendo en esa curva. Lo decidiremos nosotros, con cada elección diaria entre delegar el pensamiento o ejercitarlo. La pregunta que debería inquietar a cualquier lector de este artículo no es qué puede hacer la máquina por nuestra mente, sino qué estamos dejando de hacer nosotros con ella.

“Una persona que no se ha alienado por completo, que ha conservado su sensibilidad y capacidad de sentir, que no ha perdido el sentido de la dignidad, que aún no está «en venta», que todavía puede sufrir por el sufrimiento ajeno, que no ha adquirido plenamente el modo de existencia del tener —en resumen, una persona que ha seguido siendo una persona y no se ha convertido en una cosa— no puede evitar sentirse sola, impotente, aislada en la sociedad actual. No puede evitar dudar de sí misma y de sus propias convicciones, si no de su cordura. No puede evitar sufrir, aunque pueda experimentar momentos de alegría y claridad ausentes en la vida de sus contemporáneos «normales». No es raro que sufra de neurosis, resultado de la situación de un hombre cuerdo viviendo en una sociedad de locos, en lugar de la neurosis más convencional de un enfermo que intenta adaptarse a una sociedad enferma. En el proceso de profundizar en su análisis, es decir, de alcanzar una mayor independencia y productividad, sus síntomas neuróticos se curarán.”
— Erich Fromm, El arte de ser


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