Tenía diez años, esa edad en que el mundo todavía conserva su condición de maravilla: la escuela con su olor a tiza húmeda, los días de patinar por calles casi sin tráfico y los condiscípulos del sexto grado, nuestra pequeña cofradía de aventuras, eran mi mundo. A todo ello se sumaban mis padres y los abuelos que visitábamos cada sábado.

Aquel día, después de la escuela, el cielo había adquirido un gris de presagio, como si una mano invisible hubiera extendido sobre la ciudad un manto de nubes. Por petición de mi madre, y con un chubasquero que me entregó, me encaminé hacia la bodega que quedaba a tres cuadras. Compraría un paquete de café Pilón, algo que no podía faltar en casa.

Pero la lluvia comenzó su ceremonia. Primero tímida, casi juguetona; luego, de improviso, se desató con furia, como una catarata desbordada.

Caminé mientras el agua me golpeaba la cara. El chubasquero era de una talla demasiado grande para mi cuerpo, pero cumplía su cometido y me protegía. Fue entonces cuando la vi.

Estaba acurrucada en el portal de la panadería. La falda y el pelo se agitaban con el viento, y ella temblaba. Para mí fue como una presencia inesperada surgida en medio del aguacero. No lo pensé demasiado. Me acerqué, me quité el chubasquero y se lo ofrecí.

—Póntelo —le dije, con una voz que parecía más una súplica que una orden.

Ella me miró primero con extrañeza y después me dijo:

—Mi casa está a cuatro cuadras por esta misma calle.

—Te acompaño —respondí, sin medir distancias ni consecuencias.

La lluvia, como si adivinara que ahora yo era su presa, se ensañó conmigo. Y aunque era verano —ese verano perpetuo de la isla—, un frío inesperado comenzó a recorrerme el cuerpo.

Ella no habló durante todo el camino. Caminaba envuelta en el chubasquero, mientras yo avanzaba empapado, sintiendo que la lluvia me atravesaba hasta los huesos. Finalmente llegamos a su casa: un portón azul, de un azul profundo, casi marino, que separaba nuestras presencias de la entrada.

Ella se quitó el chubasquero y, sin que yo lo esperara, me dio un abrazo. Un abrazo lleno de gratitud y sorpresa.

—Eres todo un caballero —me dijo al oído.

Y aquella muchacha del pelo castaño y los ojos pardos que contenían toda la luz del aguacero, entró por el portón azul y desapareció.

Decidí regresar sin ponerme el chubasquero. Ya estaba completamente empapado.

Cuando entré en el portal de lozas amarillas, mi madre se escandalizó:

—¡Eres un irresponsable! —gritó—. Te doy un chubasquero y no te lo pones. Te has demorado demasiado en ir a la bodega. ¿Algún día serás responsable? ¡Vete a darte un baño!

Pero yo, a pesar de aquel enojo maternal que caía sobre mí como una segunda lluvia, retuve el secreto que el portón azul había guardado solo para mí.

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