Hay una diferencia secreta entre un juez y una persona. No está en la toga, ni en los códigos, ni en la solemnidad de una sala donde las palabras parecen adquirir un peso distinto al que tienen en la calle. La diferencia acaso consiste en que el juez debe olvidar, durante algunos minutos, que también es una persona.
Un hombre puede equivocarse. Puede arrepentirse. Puede recordar una injusticia cometida hace treinta años y descubrir, al despertarse una mañana, que todavía le duele. Puede haber amado mal, haber sido injusto, haber pronunciado una palabra que no debió pronunciar. Puede, incluso, no saber quién es.
El juez, en cambio, debe pronunciar una palabra que pretende cerrar una historia.
Pero ninguna historia se cierra verdaderamente.
El expediente afirma que los hechos ocurrieron de una determinada manera. La sentencia los ordena, los numera, los clasifica. Hay culpables e inocentes, derechos y obligaciones, vencedores y vencidos. Sin embargo, detrás de cada nombre escrito en una hoja existe una vida que no cabe en ninguna sentencia.
Quizá ésa sea la tragedia secreta de la justicia: el juez juzga hechos, pero las consecuencias recaen sobre personas.
El código conoce fechas. La memoria conoce noches. El código conoce nombres. La memoria conoce rostros. El código puede decir qué ocurrió. Pero sólo una persona puede saber lo que significó.
He pensado alguna vez que un juez se parece a un hombre que, durante unas horas, recibe la absurda potestad de interrumpir el laberinto de otro. Lo hace en nombre de la ley, que es una de las formas que los hombres inventaron para no depender enteramente del capricho de otros hombres.
Pero el juez tampoco escapa al laberinto.
También tiene una casa. También ha perdido a alguien. También ha cometido errores que nadie conoce. También ha esperado una llamada que nunca llegó. También guarda, quizá, una culpa que ninguna ley podría juzgar porque pertenece a esa jurisdicción más antigua y más implacable que llamamos conciencia.
Por eso sospecho que un buen juez no debería olvidar que es una persona.
No para ser indulgente.
Al contrario: para comprender el enorme peso de una decisión.
Porque juzgar a una persona no es únicamente aplicar una norma. Es decidir qué parte de una vida será escrita por la ley y qué parte quedará condenada a permanecer en el silencio.
Los antiguos imaginaban que la justicia sostenía una balanza. Siempre me ha parecido una imagen incompleta. La verdadera balanza debería tener, en uno de sus platillos, la ley; y en el otro, una vida humana.
Y entonces descubriríamos algo inquietante:
la ley pesa lo que está escrito; una vida pesa también todo aquello que nadie pudo escribir.
Tal vez la diferencia entre el juez y la persona no sea que uno tenga autoridad y el otro no.
Tal vez sea algo más extraño.
El juez puede pronunciar la última palabra sobre un caso.
La persona, en cambio, sabe que ninguna historia humana tiene una última palabra.
Por eso, cuando el juez abandona la sala, se quita la toga y vuelve a ser simplemente un hombre, quizá debería recordar que durante unas horas tuvo en sus manos una pequeña porción del destino de otro.
Y que el destino, como la literatura, tiene la mala costumbre de recordar lo que los hombres creen haber terminado.
Quizá algún día, en algún lugar que no figura en ningún código, el juez y la persona vuelvan a encontrarse.
Y entonces ya no habrá sentencia. Sólo dos hombres. Uno que juzgó. Y otro que fue juzgado.
Y ambos descubrirán, demasiado tarde, que pertenecían al mismo misterio.
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