En la biblioteca de mi abuelo, que olía a madera añeja, descubrí un estante escondido. Afuera llovía. Buscaba un libro sobre física cuántica y encontré algo que no pertenecía a ninguna disciplina conocida.El volumen no tenía título. La tapa era de cuero y parecía haber sido tocada por muchas manos. El primer capítulo se llamaba «Del espejo que antecede al hombre». Sonreí: la idea de un espejo primordial que reflejaba el universo antes de su existencia me recordó ciertos pasajes de Carpentier. Seguí leyendo. El segundo capítulo estaba dedicado a describir «la sustancia del tiempo»; afirmaba que cada instante era la copia de otro anterior. Pensé en mis días repetidos, en La Habana que vuelve como un eco.El tercero, «El cartógrafo de los mundos imposibles», hablaba de un hombre que dibujaba mapas de lugares en los que los viajeros sentían la nostalgia de haber estado. El cuarto capítulo anunciaba «un libro que se escribe solo» y aseguraba que el volumen cambiaba cada vez que alguien lo leía, pues el lector se transformaba en el proceso. Aquí me levanté y se lo dije a mi abuelo:
—Ah —dijo sin verlo—. Ese libro no existe.
—Pero está aquí —respondí.
—No existe —repitió—.
Quizás aparece cuando alguien está a punto de descubrir algo.
—¿Qué cosa?
Que la realidad es como un borrador. Y que algunos libros, como ese, recuerdan la versión anterior.
Volví al estante donde lo encontré; estaba vacío. Miré por las ventanas; había escampado. Decidí marcharme, pero el libro seguía en mi mente. Desde entonces, cuando camino por la ciudad, tengo la sensación de que las calles cambian de lugar cuando no las miro. Reconozco en los rostros ajenos la nostalgia de un mapa imposible. A veces, hasta siento que el tiempo se repite con un error que insiste. Y cada noche, antes de dormir, la mente me recuerda el libro. No lo abro. Pero sé que está ahí. El libro me está leyendo a mí.
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