Cuando un poeta sufre,
su mundo se vuelve gris, frío y oscuros.
Es como si el invierno lo envolviera con el aullido de los lobos.
Y el fulgor de un volcán lo asfixiara con un su olor a azufre.
Cuando un poeta sufre.
Las palabras arden dentro de una llovizna triste,
los lirios se marchitan y las cotorras enmudecen.
Escondiéndose en lo profundo de un gris cofre.
Sin embargo.
El corazón de un poeta no descansa.
Pues de su interior brotan sin parar miles de palabras.
Palabras que llenan de calidez cada rincón del frío que se alza,
Hasta extinguirlo como se extingue el ardor de las brasas.
Por eso.
Cuando un poeta olvida, con sus frases
logra convertir ese paso por el infierno más oscuro de Dante
en una caminata por campos florales.
Llenando a cada paso el camino de una luz tenue y latente.
Cuando un poeta olvida, surge un calor
los lirios vuelven a florecer, llenando campos de color amor,
las aves vuelven a llenar los bosques de una hermosa melodía,
el invierno se vuelve tímido frente a la primavera y su perfecta armonía.
Finalmente.
Cuando un poeta crea nuevos recuerdos
la sinfonía de lo imperfecto se vuelve efímera,
las luces viajan más lento, y los metales se vuelven pegajosos.
La dulzura del amor vuelve a ser austera.
Cuando un poeta crea nuevos recuerdos
las aves polinizan los corazones primaverales,
haciendo floreces nuevas historias y creando nuevos tonos verdes.
Y así el poeta vuelve a vivir en sus infinitos versos.
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