El frío de Bogotá se siente distinto cuando toca dormir sobre cartones, en una banca cualquiera a los 75 años. Es el caso de María Teresa, que cada noche dobla el cuerpo contra un espaldar metálico y frío en busca de un calor que su propia sangre ya no le puede proporcionar. Su refugio contra la intemperie no es un techo ni una casucha; es una ruana desgastada con líneas opacas y un montón de cartones que hacen las veces de colchón y de escudo contra el cemento helado; esa es la escena de un video en redes sociales que me ha generado impotencia y me ha dado los motivos suficientes para escribir lo que ustedes están leyendo. Doña María es una adulta mayor de 75 años de la ciudad de Bogotá, sin hijos, sin familia, sin empleo ni hogar. No recuerda la última vez que durmió en una cama, bajo un techo y sin el miedo que generan los parques del sur de la capital, su mirada fija y cansada no pide lujos; pide compasión, un rastro de esa dignidad que le fue arrebatada tras una vida entera de trabajo anónimo, ver las lágrimas en sus ojos cuando habla de su dolor, en medio de la soledad y el desamparo, me hizo pensar en lo fracasados que somos como Estado. La teoría política se queda corta ante la crudeza de la realidad, y eso no me deja dormir, mientras el debate político nacional se pierde en discusiones estériles sobre reformas y presupuestos en cómodos salones capitalinos, la realidad de María Teresa sigue temblando bajo el frío de la calle. No hay mayor muestra de la decadencia de una sociedad que ver a sus próceres, a quienes construyeron el país con sus manos, desprovistos de un plato de comida o de una cama segura en la que cerrar los ojos. La historia de esta abuelita es un grito desgarrador que nos confronta y demuestra que, en el fondo, la red de protección estatal falló. Al final de la noche, cuando la cámara se apaga, lo único que queda en esa banca es la cruda certeza de un contrato social que se rompió hace mucho tiempo, dejando que la vejez se congele sobre un pedazo de cartón.
Lo verdaderamente alarmante es que su tragedia no es una anomalía aislada. Hablando con cifras y detalles, en Colombia son casi dos millones los adultos mayores que se encuentran en este estado de vulnerabilidad absoluta; las cifras oficiales revelan una verdad que debería hacernos llorar de vergüenza como sociedad: en este país, apenas el 25% de los adultos mayores cuenta con una pensión, el otro 75% restante ha sido arrojado al olvido o a la miseria de la informalidad. Hablamos de una masa silenciosa de personas que pasaron su vida entera entregando su fuerza, su sudor y su productividad al servicio de los bienes de producción de un Estado que hoy los trata como desechos. Si realmente se hubiese cumplido el pacto social — ese contractualismo básico entre el Estado y el hombre — , estas personas deberían vivir con absoluta dignidad en la vejez de sus vidas. Deberían tener una casa segura donde dormir, un plato de comida caliente sobre la mesa y la tranquilidad de no preocuparse por nada más. Hoy, esa garantía es un lujo exclusivo de unos pocos países del mundo; apenas ocurre en los modelos nórdicos de bienestar como Dinamarca, Suecia o Noruega, donde la seguridad social cubre la existencia humana desde la cuna hasta la tumba. Pero en nuestras latitudes, la brecha entre la norma y la realidad es abismal. Quienes estudiamos el Estado desde la academia y la teoría, pero también quienes lo vivimos desde el territorio, sabemos perfectamente que la teoría y la práctica son como el agua y el aceite: completamente diferentes.
Es innegable que, durante el gobierno del expresidente Gustavo Petro, se implementó una política fiscal y humanitaria mediante una reforma pensional y la entrega de bonos. El objetivo explícito era que millones de almas que trabajaron sin lograr cotizar las semanas requeridas pudieran acceder a una renta básica para mitigar el hambre. Sin embargo, el panorama general de la política colombiana, si he de ser honesto, me genera una profunda repugnancia, lo que vemos hoy es el resultado de una mutación degenerada que, a lo largo de los años, se distanció por completo de las filosofías madres de la teoría clásica. Hoy en día, el debate político está mal planteado; no debería centrarse en la desgastada y vacía dicotomía entre izquierda y derecha, sino en la tensión fundamental entre liberales y conservadores. Sepa usted, querido lector, que el liberalismo económico de mercado ha sido la antesala de las más perversas políticas fiscales del mundo moderno, desmantelando las redes de protección bajo el dogma de que el mercado todo lo regula y de que el valor de un ser humano expira cuando deja de producir. Por el contrario, si seguimos la línea del pensamiento conservador clásico, el Estado no solo nace para salvaguardar la vida frente al caos, sino que el soberano debe garantizar un orden que procure el bienestar general. Es imperativo volver a los próceres de la filosofía política. Cuánta razón tenía Platón al sostener que el Estado necesitaba filósofos gobernantes, que solo una élite educada, virtuosa y preparada debería asumir la gobernanza, reservando ese ejercicio para unos pocos capaces de anteponer el bien común a las pasiones electorales. El liberalismo trajo consigo el engañoso dogma de que el voto por sí solo era sinónimo de libertad y que la democracia masiva bastaba, pero despojó al sistema de la virtud y de la preparación intelectual, abriendo las puertas a la demagogia que hoy nos gobierna, pero no quiero, como dicen en mi tierra, hablar tanta paja de un caso teórico que, si bien viene a colación, podría desviarnos del eje central. La pregunta que me asalta mientras escribo estas líneas es desgarradora: ¿qué podría hacer yo, desde mi individualidad, para ayudar a Doña María Teresa? La respuesta oscila entre la impotencia y la acción: es muy poco y, a la vez, mucho.
Retomando el curso de esta columna, en el mundo entero se ha roto el pacto entre el hombre y el Estado como resultado de sociedades cada vez más liberales, frías e individualistas. Confieso que cuando escucho el término liberalismo se me revuelve hasta lo más íntimo de la hiel y las vísceras; me causa una náusea completa ver cómo sus autores, perversos degenerados de la concepción del Estado, convirtieron el refugio de la sociedad en una selva de competencia salvaje, debemos volver al dogma del contractualismo puro.
Es necesario regresar al pacto original entre los hombres y el Estado y reducir de una vez por todas la capacidad de los hombres ignorantes de gobernar.
Mientras la burocracia sigue debatiendo cómodamente en los salones del poder, la realidad de Colombia sigue durmiendo sobre cartones.
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