Era una noche cualquiera.
La casa estaba en silencio.
La guitarra descansaba contra la pared, en el mismo lugar de siempre, aunque hacía tiempo que no la tocaba.
La tome casi sin pensarlo.
Acomode los dedos sobre las cuerdas y toque los primeros acordes de una canción conocida, hasta que de la nada me detuve. Había algo en esa melodía que hacía que la habitación pareciera demasiado grande.
Mire hacia el otro lado. La silla seguía ahí. Vacía.
Sobre la mesa todavía quedaba aquella taza que se usó ayer. En una esquina, una fotografía empezaba a perder color. Y en el teléfono, una conversación permanecía detenida en el tiempo, como si después de aquellas últimas palabras nadie hubiera encontrado la forma de continuarla.
Volvi a tocar. Esta vez más despacio. Y entre acorde y acorde aparecieron recuerdos que no había invitado.
Una risa. Una mirada. Una noche cualquiera. Un abrazo antes de irse. Un «Nos vemos».
Dos palabras simples. Dos palabras que ahora pesaban demasiado.
La guitarra siguió sonando.
Y por un momento tuve la extraña sensación de que, si tocaba aquella canción hasta el final, quizás algo volvería a ocupar aquella silla.
Pero la canción terminó. La silla siguió vacía. La taza siguió intacta. Y el teléfono continuó guardando aquellas últimas palabras.
Entonces entendi algo que quizás siempre había sabido:
Hay personas que no necesitan estar presentes para llenar una habitación. A veces alcanza con una silla vacía. Con una canción. Con un objeto que nadie se anima a mover. Con un silencio que antes no existía.
Apoye la guitarra contra la pared y antes de apagar la luz, mire una última vez hacia la silla.
Como si todavía esperara escuchar: «Nos vemos».
Pero esa noche, como tantas otras desde entonces, solamente respondió el silencio.
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