Todavía con algo de dolor en la espalda, a la altura de los omóplatos, pensando en el trabajo y en flores (últimamente pienso en flores) me tomé tres tragos de cerveza y mi amigo Juan dijo:
–Tienes que conocerlo. Algún día, si se pasa por aquí, te lo presentaré.
“¿A quién tengo yo que conocer?” Pensé tomando un cuarto sorbo de cerveza.
–¿A quién? –finalmente le pregunté.
–Un hombre duro.
Mi amigo Juan es un hombre duro. Así que cuando oyes a un hombre duro hablando de otro hombre duro, eso no es ninguna broma.
Miré por la ventana de su casa de campo y al final distinguí, mientras se movía por el viento y cercando un cuadrante de alfalfa, una hilera preciosa de olivos.
Me callé un rato. Juan también.
–Esta semana terminaremos de podar los olivos –dijo.
–Sí. Terminaremos de podarlos.
“Un hombre duro ¿eh?”, seguí reflexionando en la expresión. “La dureza se presenta con distintas y variadas naturalezas”, pensé. Iba a decírselo, pero preferí seguir ocupando la mente en flores, en los olivos, en mis padres o mis hermanos a un océano de separación.
–Un Rumano. –Continuó Juan. Partió en dos una porra del tamaño de un cráneo. Vino la compañía que las fabrica a hacerle estudios y radiografías a la porra. No lo creían. Piensa en lo que hay detrás de partir una cosa de hierro de ese calibre.
Hice lo que él dijo. Pensé en lo que hay detrás de partir una cosa de hierro de ese calibre.
–Tendrían que haberle hecho radiografías al rumano mejor –respondí.
Juan se rio.
La risa de un hombre duro es una de esas cosas cristalinas a las que algunos llaman diamantes.
Yo también me reí.
Seguí pensando en flores, en olivos, en la sensación que da blandir un pico al que recién se le ha reemplazado el mango. Objetos que hacen feliz a un hombre de manera generosa.
–Piensa en lo que debe dar estrechar la mano de un tipo así –le dije. En lo pesado y saludable que tiene que ser el sueño de ese rumano; que alguien lo recuerde resumiendo y justificando su paso por esta vida: “Un día me levanté aburrido y no recuerdo contra qué, pero partí en dos una porra”.
Juan se rio de nuevo.
Miré por la ventana el mismo viento meciendo los mismos olivos; a mis padres, a mis hermanos a un océano de separación.
Y yo también me reí.
–Esta semana terminaremos de podar los olivos.
–Sí. Terminaremos de podarlos.
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