Para ti:
Había una vez dos estrellas que no sabían que formaban una constelación. Caminaban por el mundo ocupadas en sus propios ruidos, en sus días nublados y en esas pequeñas batallas cotidianas que todos libramos en silencio. Hasta que un día, el azar —o esa fuerza misteriosa a la que algunos llaman destino— cruzó sus caminos.
Al principio, fue un saludo tímido, una charla casual sobre cualquier tontería. Pero con el paso del tiempo, el universo hizo su magia. Descubrieron que el café sabía mejor si se compartía, que los problemas pesaban la mitad cuando se contaban en voz alta y que las risas se multiplicaban hasta doler la tripa.
Inma se convirtió en ese refugio seguro donde no hacía falta llevar máscaras ni fingir ser fuerte. Con ella, los silencios nunca eran incómodos; eran momentos de paz donde ambas almas simplemente descansaban, sabiendo que estaban en el lugar correcto. Inma tenía el don de devolver la calma con un abrazo y de recordar, sin apenas intentarlo, lo bonito que es vivir cuando se tiene a alguien leal al lado.
Los años pasaron, trayendo consigo cambios, retos y caminos que a veces parecían bifurcarse. Sin embargo, la distancia o el tiempo jamás lograron enfriar lo que habían construido. Se dieron cuenta de que la verdadera amistad no consiste en estar inseparables, sino en tener la certeza de que, pase lo que pase, la otra persona estará ahí al levantar el teléfono o al mirar atrás.
Hoy, al echar la vista al frente, queda la certeza de que el viaje es mucho más hermoso porque se recorre de la mano. Porque una amiga de verdad es un tesoro difícil de encontrar, pero una amiga como Inma es, sencillamente, la mejor casualidad de la vida.
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