No pude verla. Era apenas una presencia, un rumor de existencia detrás de la conciencia, como si el aire recordara algo que mi memoria había olvidado. Sin embargo, estaba seguro de que estaba ahí, mirándome como solía hacerlo cuando deseaba hablarme sin palabras.
Intuí su sonrisa. No la vi, pero la sentí: una brisa leve y fresca rodeó mi cuerpo, como si la realidad se hubiera vuelto esponjosa. Intenté reconstruirla desde el recuerdo: su pelo canoso, sus manos que parecían conocer el secreto de la ternura. Arrojé su figura al infinito, esperando que regresara convertida en imagen. Pero no volvió.
Pregunté en voz alta: —¿Me ves?
El silencio respondió con la autoridad de lo inevitable.
Aquello ocurrió un diecisiete de noviembre, nuestra boda. Un noviembre que, cuarenta y ocho años después, un enero marchitó. Desde entonces, ese mes se convirtió en un umbral.
Pero aquel día me invadió un sopor extraño; una mano invisible me guiaba hacia la cama. Me sumergí en un sueño sin sueños, en un territorio suspendido y oscuro donde las imágenes, antes de existir, se disolvían en la nada. Al volver en mí, no quedaba recuerdo alguno. Solo la certeza de haber estado donde la conciencia tiene prohibido el paso.
Pero sé que vino. No como aparición, sino como intuición: ese hueco por donde pasan los acontecimientos que no razonamos. Quizás la intuición sea la forma en que lo invisible se asoma a nuestro mundo sin romperlo.
Ella estuvo ahí. Con una presencia distinta —más cercana que la vida y más tenue que la muerte.
Desde entonces, cada noviembre es un recordatorio de que hay presencias que no necesitan cuerpo, voces que no necesitan sonido y amores que continúan hablando desde un lugar donde el tiempo ya no es dueño de nada.
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