El tres me persigue. No me molesta. Es un hecho.

Somos tres hermanas. Yo soy tres años mayor que la mediana y esta le lleva tres a la menor. Todas somos fruto de la desventaja del obsoleto descanso en la toma de la píldora anticonceptiva.

Me casé con mi novio número tres. Tuvimos a nuestra hija recién cumplidos los treinta y formamos una familia de tres miembros.

Me he trasladado tres veces de casa: de la de mis padres en Valencia a un piso compartido en Barcelona, de ahí a uno de alquiler y, finalmente, a una espaciosa casa con terreno y piscina en una urbanización a las afueras de Granollers.

No me incomoda el número tres; es más, me gusta. Aunque en ciertos momentos de mi vida hubiera preferido cambiarlo por otro. Sobre todo en lo referente a la amistad.

La primera vez que descubrí que el tres podía resultar un incordio fue en EGB. Tenía una amiga llamada Lourdes. Lo hacíamos todo juntas: íbamos al colegio juntas, jugábamos juntas, hacíamos los deberes juntas. Su casa era una extensión de la mía, como lo éramos yo de ella y ella de mí.

Sin embargo, un día, una alumna nueva, Belén, apareció para disolver nuestro pequeño tándem. No sucedió de la noche a la mañana. Se tomó su tiempo hasta ocupar el sillín delantero y apoderarse del manillar sin miramientos.

Cosas de niños, cabría pensar. Pero no, no, no. Nada más lejos de la realidad. Aquella chica sabía muy bien lo que se hacía. Empezaron las risitas en clase cada vez que yo salía a la pizarra, los “fuchi de mi banda” en el recreo y las llamadas al teléfono fijo con insultos anónimos. La cosa llegó a tal punto que un día Lourdes y yo acabamos a estirones de pelo en el patio del colegio. La consecuencia resultó tan obvia como dolorosa: me habían echado de mi propio tándem.

La segunda vez que el dichoso numerito me agarró por la espalda fue recién entrada en la treintena. Después de trasladarme a vivir con mi novio, comencé a trabajar en una clínica dental donde conocí a Marta, una compañera trabajadora, seria y formal con la que conecté enseguida. Con ella todo resultaba fácil. Volvía a subirme de nuevo a un tándem que volaba al mínimo pedaleo.

Ah, pero mi amigo el tres no podía mantenerse alejado por mucho tiempo. Mi jefe contrató a una nueva secretaria: Mía. Marta la encontró ingeniosa, inteligente e intrépida, y acabamos admitiéndola en nuestro pequeño grupo.

Al principio todo fue bien. Parecía que nuestro equipo de tres había incluso mejorado con la nueva incorporación. Tanto fue así que sumamos a nuestros maridos al pedaleo. Salíamos de cena, a la playa, de excursión, e incluso en más de una ocasión celebramos la Nochevieja en casa de Mía y también pasamos juntos algunas vacaciones. ¡Incluso nos quedamos embarazadas las tres al mismo tiempo! Aquello sí que era sincronización.

Sin embargo, la cadena de la bici no tardó en hacer un ruido extraño.

Nacidos los bebés, Mía me llamaba por las tardes para charlar cuando se aburría. No llamaba a Marta, que tenía mil cosas que hacer, no. Me llamaba a mí cuando su bebé estaba echando la siesta para contarme cotilleos que no me interesaban en absoluto. Aun así, me mantenía pegada al teléfono fijo mientras daba de merendar a mi pequeña con la mano libre intentando que no llorara para que mi amiga no se sintiera ofendida al no prestarle yo la debida atención. Sin embargo, cuando su hijo se despertaba de la siesta, ella me colgaba dejándome con la palabra en la boca.

También daba la casualidad de que siempre que mi marido y yo nos íbamos a pasar el fin de semana a Valencia, mis amigas Marta y Mía quedaban para salir. No me molestó hasta que me enteré de que lo que hacían a mis espaldas era buscar un bajo para montar una clínica dental de la que serían socias. Marta trabajaría de gerente y el esposo de Mía como odontólogo principal. ¿Y cuál iba a ser mi participación en todo aquello? ¡Ninguna! Me había vuelto a quedar fuera del tándem.

Ahora, a mis treinta y nueve años, cada vez que vislumbro un posible tándem salgo corriendo. Prefiero hacer footing. Cuando la añoranza de pedalear aflora, me basta recordar el pasado para convencerme de que correr no está tan mal. No hay tubos de hierro que me unan a nadie ni sillín que alguien pueda usurpar.

Aunque me da en la nariz que algún día montaré de nuevo, solo espero poder hacerlo convencida y tranquila. Porque… como dicen por ahí, no hay dos sin tres. Y parece que, en mi vida, al tres le gusta esperar agazapado y gritar: ¡Te pillé!

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS