Hay quienes afirman, con la solemnidad de quienes creen haber descubierto una verdad última, que el hombre es la suma de sus recuerdos. Yo sospecho que se trata de una de esas verdades cómodas, como las que inventan los historiadores para no enfrentarse al abismo. Porque si fuéramos únicamente lo que recordamos, seríamos una colección de fragmentos inconsistentes, una biblioteca incompleta cuyos volúmenes se extravían sin cesar y cuyos márgenes están llenos de anotaciones que nadie escribió.
Olvidar no es una falla de la memoria: es su condición más profunda. Aquel pensador de quien no recuero su nombre, intuyó que el universo es un libro infinito cuyos páginas se reescriben a cada instante. Yo añado: el hombre es un lector que, para seguir leyendo, debe olvidar lo que acaba de leer. Sin ese olvido deliberado o involuntario, la página siguiente sería ilegible.
No somos lo que recordamos. Somos lo que nos atrevemos a ser a pesar de todo lo que olvidamos.
Imagínese un hombre que, al despertar, conservara intacta la totalidad de sus días. Cada gesto, cada palabra, cada vergüenza y cada triunfo se presentarían ante él con la misma nitidez del presente. Ese hombre no podría actuar. Estaría paralizado por la exactitud. El acto —cualquier acto— exige una forma de amnesia: la creencia de que el pasado no es definitivo, de que el yo de ayer no es una sentencia irrevocable. Atreverse es, en cierto sentido, traicionar la memoria.
Los teólogos de alguna secta olvidada sostenían que el pecado original no fue la desobediencia, sino el recuerdo. Adán y Eva, al comer del fruto, no adquirieron el conocimiento del bien y del mal: adquirieron la memoria de haberlo adquirido. Desde entonces, el hombre carga con la pesada ilusión de que es lo que ha sido. Pero la libertad —si existe— reside precisamente en el punto donde la memoria falla.
Hay laberintos hechos de piedra y hay laberintos hechos de tiempo. El más sutil es el que construimos con lo que creemos recordar. Cada recuerdo es una puerta que cierra otras puertas. Cada olvido es una puerta que se abre hacia un pasillo todavía no transitado. Somos, entonces, la suma de los pasillos que elegimos recorrer a pesar de no saber —o de no querer saber— cuántos hemos dejado atrás.
En una de las muchas versiones de la historia, el hombre que lo contempla no se convierte en dios porque ve todas las cosas: se convierte en dios porque, después de verlas, las olvida lo suficiente como para seguir siendo hombre. La omnisciencia sin olvido sería una condena. La identidad sin olvido sería una prisión.
Quizá la frase que encabeza estas líneas no sea una afirmación, sino una pregunta disfrazada. ¿Somos lo que recordamos o lo que nos atrevemos a inventar sobre las ruinas de lo olvidado? La respuesta, como tantas en estos asuntos, puede ser ambas y ninguna. Porque el yo que escribe estas palabras ya no es el mismo que las pensó hace un instante, y el que las leerá dentro de un minuto habrá olvidado, parcialmente, el que las escribió.
No somos lo que recordamos. Somos lo que nos atrevemos a ser a pesar de todo lo que olvidamos.
Y en ese “a pesar de” reside, quizá, la única forma de eternidad que nos es concedida.
OPINIONES Y COMENTARIOS