ERA CULPA MÍA

ERA CULPA MÍA

Toine M

26/09/2026

ERA CULPA MÍA

Eran unos siete guiris. No sé cuántos concretamente. Si hago un esfuerzo mental, quizás podría recordar el número exacto, pero no me apetece.

Los miraba de rato en rato desde mi toalla, con desagrado. Diría que cargado de prejuicios; sin embargo, cuando intentas disfrutar de un apacible atardecer de finales de verano en la playa y te lo impiden las risotadas y los gritos de un grupo de extranjeros veinteañeros/ treintañeros que están haciéndose fotos saliendo del agua con una litrona de cerveza en cada mano… el cliché se enciende en tu mente como una bombilla en mitad de la oscuridad.

Eran alemanes, por las pocas palabras que conseguí identificar de lo que hablaban. Por su aspecto físico no habría adivinado su nacionalidad, nuevamente los estereotipos, ya que ninguno era el típico caucásico de pelo rubio, piel blanca y ojos claros: todos tenían el cabello castaño o negro, algunos eran bajitos y un par de ellos eran de piel oscura.

El sol ya se había puesto. El mar había adquirido ese tono plateado como de mentira, estaba en calma y el color resaltaba con mayor intensidad, en contraste con las tonalidades de rosa pastel que empapaban la zona del cielo que entraba en contacto con la inmensidad del agua en el infinito de la línea del horizonte. Era una imagen realmente preciosa. Me encontraba perdido en mis preocupaciones, absorto en el paisaje, cuando un golpe seco me devolvió a la realidad. Un porrazo que hizo temblar el arenal. 

Apenas quedaban bañistas, la playa estaba considerablemente vacía. Lo habitual, teniendo en cuenta que comenzaba a refrescar y que eran las ocho y media de una tarde de septiembre. Eso sí, los pocos presentes (a lo sumo media docena) estábamos observando el espectáculo de los alemanes. Siempre pienso que, con este tipo de comportamientos, los guiris están intentando llamar la atención y eso me exaspera: habían iniciado una competición que consistía en luchar en parejas para intentar tumbar al otro e inmovilizarlo hasta que se rindiese, como buenos machos alfa.

La mayoría de los espectadores perdieron el interés a los pocos minutos, pero yo quedé hipnotizado por aquella exhibición de la naturaleza primitiva del género masculino. Era entretenido a la par que atrayente. Se divertían y bromeaban a la hora de elegir quién pelearía contra quién. Observé que un par de ellos se mostraban reticentes, negando con la cabeza entre risas, avergonzados por el número de niveles que perdía automáticamente su masculinidad al escaquearse de participar en aquella especie de juego de circo de gladiadores de la antigua Roma. Sus posibilidades de erigirse como el macho dominante del grupo se esfumaban de un plumazo.

Al principio no repetían, competían siempre dos diferentes, normalmente porque cuando uno se lanzaba al ruedo, otro, que se creía con posibilidades de vencerlo, se presentaba voluntario. En una especie de segunda ronda que se inició de manera improvisada, como todo lo que estaban haciendo, improvisado, el que ganaba en la pelea se enfrentaba a un nuevo aspirante. 

Yo, que de las pocas personas que quedábamos en la playa, era el que estaba más cerca de ellos, a unos diez metros, no podía apartar la mirada. Y entonces, una sensación comenzó a apoderarse de mí. Nació como idea, pero, con la misma rapidez con la que se originó en mi mente, salió de ella para recorrer el resto de mi cuerpo y deslizarse serpenteando hasta mi pecho y mi estómago. Fue como una especie de calor que se encendió dentro de mí y me corroyó.

Diría que no sé lo que me pasó; sin embargo, sí que lo sé, es un estado: una consecuencia de las circunstancias vitales, un síntoma de este síndrome sin nombre que se ha adueñado de mí. De este modo yo, el tío más prudente del universo, el más discreto, el más vergonzoso, me vi dirigiéndome hacia ellos sin saber lo que hacía, como poseído por una fuerza que me arrastraba.

‘Can I participate?’, salió de mi boca sin saber si era el registro más correcto en inglés, ni me importaba. El bochorno habría sido absoluto si no fuera porque algo en mi interior me indicaba que no me rechazarían, tal vez por mi idea preconcebida sobre esa actitud abierta que tienen todos los guiris en Málaga a la hora de hacer amigos en la playa, interactuar con desconocidos y hacer grupos espontáneos para practicar deportes como el vóley-playa.

No sabía lo que estaba haciendo, no era propio de mí, me guiaba una especie de instinto animal que brotaba de las partes más bajas de mi ser; de hecho, aquella reacción era lo más opuesto a mi proceder habitual en situaciones similares. Me miraron con cara de asombro mientras me acercaba, con una pizca de incredulidad que exhalaron sus bocas entreabiertas y que se evaporó en la brisa marina. Sus gestos se transformaron instantáneamente en desconfianza.

Como en todo grupo, algunos se mostraron más confiados y sociables que otros, y un par de ellos esbozaron una sonrisa que rozaba la socarronería al afirmar y aceptarme “de facto” en su pequeña manada, aunque fuese sólo durante un brevísimo lapso de tiempo. En un inglés espontáneo pregunté quién era el que iba ganando. La mayoría de aquellos gladiadores germanos del siglo XXI se miraron unos a otros con una mezcla de aturdimiento y guasa. Súbitamente se dieron cuenta de que su improvisado juego de circo romano en la playa no tenía casi reglas y se regía básicamente por un desarrollo anárquico.

Entonces, uno de ellos, el que hacía gala de mayor templanza, al que todo aquello parecía no pillarle desprevenido, el que mostraba más seguridad en sí mismo y un nivel más elevado de capacidad de adelantarse a los acontecimientos, dio un paso al frente: ‘Me!’, dijo con una sugerente sonrisa de superioridad en los labios.

Era un chico de unos veintitantos, de metro ochenta, moreno, de piel oscura, probablemente con raíces turcas, guapo, con la cara fina, unos ojos pícaros, pelo corto, cuerpo atlético, musculado de gimnasio, sin un volumen excesivo. No me lamenté por tener que pelear contra él; en el océano de inconsciencia en el que me había sumergido al comenzar a andar hacia ellos, no cabía preocupación alguna por el rival que me pudiese tocar, ni preferencia por el más desgarbado, el más bajito o el que había demostrado menos aptitudes en el enfrentamiento.

Sin margen ni tiempo para poder reaccionar, se colocó delante de mí mirándome fijamente a los ojos, se agachó, flexionó las rodillas, se inclinó hacia delante, apoyó las manos sobre las piernas, ancló los pies al suelo y me hizo un gesto para que le siguiese. Yo hice lo propio. Extrañamente mi postura fue más adecuada de lo que habría imaginado, surgiendo de forma natural. 

Inmediatamente comenzamos a girar en círculos, frente a frente, como los luchadores de sumo en un «dohyo» de arena, con las manos y los brazos en posición de ataque, listos para lanzarnos a agarrar al contrincante en el momento oportuno. Lo que más me sorprendió fue que mientras que dábamos vueltas, esperando un momento de debilidad o indefensión fugaz del oponente para atacar, él me sonreía todo el tiempo, destilando un extraño atractivo que emanaba de la enorme diversión que estaba experimentando, impregnada por el arte de la seducción como técnica de victoria. 

En línea con la actitud completamente disparatada que me había poseído y siguiendo la máxima que establece que la mejor defensa es un buen ataque, enseguida me abalancé sobre él. Mi lógica me dictó que, como había concluido mientras que los observaba luchar, la clave era agarrarle una pierna para levantársela, desestabilizarlo y poder tumbarlo. Con ello, ya tenía medio combate ganado. Sin embargo, mi instinto irracional me hizo lanzarme contra él con la intención de darle un cabezazo en el estómago. Finalmente, el ataque acabó siendo una combinación de ambos movimientos.

Conseguí mi objetivo y lo tumbé violentamente. Tanto que el enorme golpe que sufrió su espalda al chocar contra la arena provocó un ruido que retumbó en media playa, sólo amortiguado por el griterío de sus amigos que comenzaron a vociferar con mucha excitación, jaleándome a mí y mostrando su desconcierto y regocijo al comprobar cómo el foráneo, un extraño para el grupo, había logrado derribar rápidamente al macho alfa de la manada. 

Yo mismo pensé que tenía todas las de ganar: estaba encima, él se había llevado un buen leñazo al chocar contra el suelo, y me proponía inmovilizarlo. Inesperadamente, mientras forcejeábamos, cuando me disponía a elevar la cabeza, separarla de su estómago para enderezarme, rodeó mi cuello con su brazo derecho y apretó con mucha fuerza. Intenté zafarme, no entendía lo que estaba pasando, si yo estaba encima y él debajo de mí, ¿cómo era posible que me estuviese inmovilizando con un solo brazo por muy musculoso que fuera?

A los pocos segundos comencé a notar dolor, una opresión considerable, algo de falta de aire. Intenté encontrar su cuello para ejercer yo también algún tipo de presión, braceaba, pero no podía evitar llevar una mano a su brazo para que aflojase, ese brazo de guerrero que con enorme potencia y fuerza rodeaba mi cuello. Lo notaba divertido debajo de mí, se lo estaba pasando bien, tenía la situación controlada.

Fui consciente de que en aquella especie de sucedáneo de lucha libre sin reglas no existía palabra de seguridad y no tenía claro qué aspavientos debía hacer para comunicar que me rendía. Empecé a ponerme rojo, mi cabeza comenzó a rozar la tonalidad morada. Y fue entonces cuando me invadió ese sentimiento. En mitad de aquella agonía que yo me había lanzado a buscar entendí qué estaba pasando. Sentí que me lo merecía, que era mi castigo, mi penitencia. Me lo merecía, por no haberme esforzado lo suficiente, por haber cometido esos errores, por no ser suficiente, por tener la culpa, la culpa era mía; me lo merecía.

Los ojos se me empañaron de lágrimas. Cada vez notaba más sensación de ahogo. La culpa era mía, me había equivocado, eran errores míos y debía pagar por ellos. Debía sufrir, me merecía el castigo, el sufrimiento por mis errores, por no ser suficientemente bueno. Yo tenía la culpa.

Toda aquella emoción se apoderó de mí, los bramidos de los salvajes germanos resonaban a lo lejos. Una lágrima comenzó a rodar mejilla abajo y cayó en su pecho. Y me soltó. Automáticamente, el volumen de los aullidos germánicos y todos los sonidos ambientales aumentaron hasta el nivel habitual. Me dejé caer y me tendí sobre la arena, mirando al cielo, un cielo rosáceo, mientras recuperaba el aliento. Noté una mano fuerte que me sujetó y me ayudó a levantarme. 

Lo miré, ahora sonreía con más entusiasmo aún, la alegría del vencedor. Percibí que me miraba analizando la situación, queriendo asegurarse de que todo iba bien, de que no había ningún problema. Me zarandeó un poco de forma amistosa, casi afectuosa, me dio un par de palmadas suaves en la cara, me atusó de manera jactanciosa el pelo y me tendió la mano en un gesto que expresaba un “bien peleado”. Yo respondí a todos sus gestos con toda la masculinidad que pude, dentro de esa complicidad inesperada.

Estábamos completamente cubiertos de arena en prácticamente todas las partes del cuerpo. Sentí que necesitaba huir. Empujado por un tsunami de vergüenza, corrí hacia la orilla y me zambullí de cabeza en el mar. Y me quedé así, sumergido, aguantando la respiración durante casi un minuto. En medio de aquel silencio, me sentí mejor, como si me hubiera liberado de algún extraño peso, de una carga invisible, desahogado, aunque fuese temporalmente, aunque fuese por un instante.

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