He intentado encontrarte
en la tabla periódica,
pero debo admitir
que los científicos
han cometido un pequeño error:
todavía no han descubierto un elemento capaz de contener tanta importancia autoatribuida en tan poca materia.
Quizá deberías estar
entre el oro (Au) y el platino (Pt),
aunque solo por cortesía.
Porque el oro tiene valor
aunque nadie lo admire,
y el platino conserva su nobleza
sin necesitar anunciarla.
Tú, en cambio,
parecías necesitar un espejo
hasta para comprobar
que existías.
Tal vez seas mercurio (Hg):
brillante,
escurridizo,
difícil de sostener.
Una sustancia que cambia de forma
según el recipiente.
Frente al mundo:
oro.
Frente al espejo:
diamante.
Frente a quien deja de admirarte:
arsénico.
Qué economía de elementos.
Una tabla periódica entera
resumida en una sola personalidad.
Y no puedo olvidar
al osmio (Os),
el elemento de mayor densidad:
quizá por eso
cada conversación contigo
parecía tener
la gravedad de tu orbita alterada
Había que medir las palabras,
los gestos,
los silencios.
Todo podía convertirse
en una catástrofe gravitacional.
Pero debo reconocerte algo:
tenías talento.
No cualquiera consigue
hacer que otra persona
cuestione su propio valor
Eso requiere precisión.
Casi química psicótica
Aunque quizá no era química.
Quizá era simplemente
una combinación peculiar de:
grandiosidad,
necesidad de admiración,
sensibilidad a la crítica
y poca empatía.
No es un diagnóstico,
Querido elemento
Es solamente
una descripción de la reacción.
Y vaya reacción.
Dopamina:
“Tal vez esta vez sea diferente.”
Oxitocina:
“Quédate.”
Cortisol:
“Cuidado.”
Adrenalina:
“Corre.”
Noradrenalina:
“Observa.”
Y finalmente
mi corteza prefrontal:
“Señoras y señores,
hemos cometido un pequeño error experimental.”
Porque confundí
la intensidad con profundidad,
la incertidumbre con pasión
y la ansiedad con amor.
Hasta que cerré el laboratorio.
Y entonces ocurrió algo fascinante.
Tú comenzaste a buscar señales.
Abriste nuevamente las puertas
de tu pequeño escaparate digital,
como quien enciende una lámpara
en mitad de la noche
esperando que alguien mire.
Quizá esperabas
que mi curiosidad reaccionara.
Que mis neuronas dispararan.
Que la dopamina regresara.
Que mi atención
volviera a orbitar alrededor de ti.
Pero, Querido
la reacción terminó.
No hubo descarga.
No hubo impulso.
No hubo observación.
Solo silencio.
Porque algunas sustancias
pierden su efecto
cuando el organismo
deja de necesitarlas.
Llego el tiempo de caducidad.
Fue algo mucho más elegante y relajado
dejaste de producir efecto.
Puedes aumentar la exposición,
cambiar de estado,
descomponerte
tener enlaces
Pero no soy un espectador
Tu fórmula puede decir:
“mírame”.
Pero Mi química responde:
“no reacciono”.
Y ahí está
la verdadera ironía:
pasaste tanto tiempo
intentando provocar una reacción en mí,
que no notaste
el momento exacto
en que desarrollé inmunidad.
Ahora sí conozco la fórmula:
tú + mi silencio = descomposición.
Y finalmente:
tú − mi atención = nada.
Así que puedes seguir brillando,
Querido elemento.
Puedes exhibirte en vitrinas,
hacerte público,
esperar observadores.
Yo no voy a mirar.
Porque descubrí algo mucho más valioso
Y si alguna vez preguntas
por qué ya no reacciono,
Fue porque finalmente
aprendí química básica:
cuando una sustancia caduca,
no se vuelve a consumir.
Se cierra el frasco.
Y
Se desecha.
Continúas el experimento
con elementos nuevos.
Porque después de ti
mis electrones siguen intactos,
mi dignidad sigue completa,
mi sistema nervioso
finalmente está en paz,
y mi última ecuación
es perfectamente irreversible:
YO − TI = YO.
(Sin)
Sin drama.
Sin toxicidad.
Sin reacción.
Solo Químicamente perfecta.
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