Las Olas de la Mariposa .

Una mariposa había aleteado en alguna parte del planeta, muy lejos, mientras avanzábamos en la ruta: mates, coincidencias y un teléfono perdido que forzaría nuestro contacto y creó una anécdota.

Aquel primer día todo arrasó, se desdobló el tiempo. Siguieron promesas de caminatas esquivas, idas y vueltas, mates, idas y vueltas… Un recital en el que el glu glu glu glu sonaba y mi cuerpo se hundía en la laguna.

Fui y vine; fui, fui y fui —¡tres veces o más!— y vine una. Grabé todo en mi cabeza, en mi corazón: las risas, las canciones, las peleas. Agua, viento, fuego, forasteros, fichas del tablero del tiempo. Nos encontrábamos y no coincidíamos; nos encontrábamos, pero no.

Cayó mucha arena para que des lugar a tu cuerpo sobre el mío. Y sigue cayendo…

Empiezan a verse pocos granos detrás del vidrio, comienza a agotarse el tiempo. El calor choca contra lo lento creando una tormenta: nubes accidentadas, truenos de una respiración compulsiva, apneas de vientos interrumpidos, la garganta seca por un zonda de pensamientos intrusivos.

Aparece una grieta en el vidrio del reloj y la arena se derrama, se mete en los poros, viaja por las células obstruyendo cada rincón. Mis ojos se cierran, mi nariz se paraliza, mi sangre se espesa. Mis venas son un alud: arena del reloj, agua de las olas de la mariposa.

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