He vivido demasiado tiempo
con el miedo entre las manos,
como quien sostiene una flor
con tanta delicadeza
que termina olvidando
que también las flores nacieron para abrirse.
Aprendí a mirar hacia afuera
antes de atreverme a mirar hacia mí,
a escuchar el murmullo de otras voces
antes que el latido propio,
a medir mis pasos
con la regla de aquello
que los demás esperaban de mí.
Y, sin embargo,
hay sentimientos que no obedecen.
Llegan despacio,
como la lluvia sobre una tierra sedienta,
como un rayo de sol
que encuentra una ventana entreabierta,
como si algo antiguo
y profundamente nuestro
reconociera un lugar
antes incluso de conocer su nombre.
Y yo quiero ser libre para eso.
Para no esconder lo que siento
como si sentir fuera una culpa.
Para no cerrar la puerta
cada vez que algo hermoso
golpea desde adentro.
Para dejar que mi corazón
camine hacia aquello
donde por un instante
deja de tener miedo.
Quiero aprender
que no todo lo que tiembla
está destinado a huir.
Que a veces el miedo
no es una señal para marcharse,
sino la sombra que aparece
cuando estamos a punto
de tocar algo verdadero.
Que ningún prejuicio
construya muros
donde mi alma quiere abrir ventanas.
Que ninguna voz ajena
sea más fuerte
que aquello que, en silencio,
me hace sentir en casa.
Porque quizá la libertad
no sea vivir sin miedo.
Quizá sea mirarlo a los ojos,
tomarlo de la mano
y seguir caminando.
Y si alguna vez la vida
me pone frente a la elección
entre lo que esperan de mí
y aquello que mi corazón reconoce,
quiero tener el valor
de elegir lo que florece.
Aunque tiemble.
Aunque duela.
Aunque no todos entiendan.
Porque hay flores
que aprendieron a crecer
en lugares donde nadie
creía que pudieran hacerlo.
Y quizá el amor sea eso:
atreverse a florecer
bajo un cielo que todavía
no sabe cómo nombrarnos.
Sin esconder los colores.
Sin pedir permiso a la lluvia.
Sin disculparnos por la primavera.
Porque mi corazón
no necesita permiso
para reconocer dónde quiere quedarse.
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