Aposté mi porvenir sobre el paño verde del destino,
como un tahúr ebrio de primavera.
Barajé mis sueños,
oculté mis miserias bajo la manga
y puse sobre la mesa
la última carta de mi esperanza.
Aposté a la vida,
a la embriaguez de tus labios,
a la tibia liturgia de tu sonrisa,
al refugio de un abrazo
cuando todavía creía
que los cuerpos podían salvarse del invierno.
El destino repartió sus naipes.
Yo recibí corazones,
pero la noche guardaba espadas.
Entonces aposté nuevamente,
los jardines,
los crepúsculos,
mi juventud,
el último resplandor de mi fe.
Todo al rojo.
Todo por vos.
Y perdí.
Ahora la mesa está vacía.
Las cartas están dispersas
como hojas muertas y amarillentas sobre un cementerio.
Dios han tomado sus fichas
y la primavera se fue sin despedirse.
Solo yo permanezco,
frente al paño desierto,
con las manos vacías
y una última carta entre los dedos,
la soledad.
La doy vuelta.
Es el As de Picas.
Y comprendo, demasiado tarde,
que toda mi vida
había sido solamente
una partida que nunca pude dejar.
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