El eterno hombre masa.

Durante años, Roberto fue un amigo entrañable. Compartíamos cafés, discusiones y esa confianza que solo se concede a quienes han visto nuestras interioridades. Nuestras tardes transcurrían en un territorio donde pensar distinto era una forma de celebrar la inteligencia del otro.

Recuerdo el instante exacto en que ese territorio de confianza acabó. Fue a comienzos de octubre, una tarde en la que conversábamos sin pretensiones. Pero se me ocurrió mencioné mis recuerdos de la crisis de los misiles: mis once años, el miedo inexplicable a una guerra atómica que no comprendía y esa temprana intuición de que las ideologías extremas podían convertir cualquier vida en un rehén. Esperaba su habitual réplica analítica, pero Roberto me escuchó con una rigidez que no le conocía. Sus ojos, antes curiosos, se volvieron opacos. Luego, como si una frecuencia ajena sintonizara su garganta, gritó:

—Si no apoyas al gobierno, eres un traidor.

La frase no nació de él; era un eco, una repetición de millones. En ese momento, ante mis ojos, Roberto comenzó a desdibujarse. Su silueta pareció redondearse, multiplicarse en una geometría grotesca: piernas que no eran suyas, brazos que parecían prestados de una plaza pública, una lengua que vibraba como un sonar de multitudes. Frente a mí ya no estaba el hombre que leía poesía, sino una sombra compacta donde la luz no encontraba sitio. Había nacido el hombre masa.

Desde aquella tarde, la ciudad se volvió inhabitable. La paranoia transformó el paisaje: empecé a notar presencias detrás de mis pasos, señores que fingían leer periódicos mientras cronometraban mis movimientos. Me sentí preso en mi propio rostro, como si mi individualidad hubiera sido confiscada por una autoridad sin nombre.

La metamorfosis de Roberto había infectado la realidad. Los discursos oficiales se repetían en las calles como letanías, las nubes densas descargaban una lluvia que se sentía ácida y las noches se alargaron sobre edificaciones que parecían derrumbarse bajo el peso de la uniformidad.

Años después, cuando emigré para no seguir soñando el sueño ajeno, creí haber dejado atrás la pesadilla. Pero la realidad —que a veces tiene un humor perverso— me regaló una última sorpresa.

En una ciudad lejana, entré a un café céntrico. Allí estaba Roberto. Al principio experimenté un vuelco en el corazón, pero al acercarme me detuve. Se movía con la misma torpeza con que un actor novato imita a un personaje sin comprenderlo. Disfrutaba de la nueva tierra, pero seguía siendo presa de las multitudes. Al escuchar su nueva jerga, lo comprendí todo: ahora miraba el mundo desde el extremo contrario, pero con la misma carga dogmática. Había cambiado de ideología, pero no de esencia. Seguía siendo un eco, un reflejo sin espejo, un ser sin fotones propios.

Comprendí entonces que el hombre masa es eterno. No pertenece a un país, a una época ni a una doctrina: pertenece al miedo. Y mientras exista alguien dispuesto a delegar su conciencia y soñar el sueño de otro, Roberto seguirá multiplicándose en cualquier esquina del mundo, como una sombra que ya no necesita de un cuerpo para existir.

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