La calandria, adornaba la noche mezquina
con una última melodía fina,
suave, y con un poder único,
capaz de convertir mi camino en un paisaje onírico.
A pesar de vivir en una vigilia constante
dejé a mi alma recorrer con libertad mi subconsciente.
Envuelto en el quieto frío de la ciudad que nunca descansa,
logré entender lo pulquérrimo del caos cuando poco a poco se amansa.
En múltiples perspectivas reviví mi infancia.
A pesar de estar preso en una agradable metanoia,
que aunque intentaba evitarlo solo removía las antigüedades
que generaban en mi interior choques de profundas saudades.
La profunda reminiscencia que invocaba mi alma con cantos nacientes,
me mostró que el alba había guardado esas risas de niños inocentes
Dentro de recipientes cansables,
Cansables de todo menos de recordar sus lazos indelebles.
Al siguiente día, la calandria volverá a cantar,
lo hará durante todo el día, al atardecer y incluso al ver la luna brillar.
Su canto inebriante,
nos envuelve en un recuerdo cálido que no deja de volverse presente.
G.G.G
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